jueves, 11 de septiembre de 2014

Nuevas modas y educación



No los aguanto, están todos cortados por el mismo patrón: estatura media tirando a pequeña, el pelo al uno, tal vez al dos; su cabeza apenas supera la altura del marco de la puerta de su Seat “León” amarillo o negro. Conducen su cacharrito con soltura y llegan al semáforo un instante antes que el resto del mundo después de haber zigzagueado por la avenida. Unos mirarán desafiantes y otros, la mayoría, avergonzados, pondrán la vista al frente disimulando su ridículo.


Tampoco puedo aguantar a las chicas que, al salir del portal de su casa, al encontrártelas en un desierto, en los porches de la Plaza del Castillo, en un pasillo, en las escalerillas del WC, arreglando un pinchazo de la rueda de su coche, jadeando en una cuesta, en un funeral, cuando están a punto de morirse, miran con insólita indiferencia al frente y creen que no te han visto.


En las callejas de los pueblos las gentes salen con una silla en la mano a tomar el fresco; otros pasean y saludan a los que están sentados. Es una costumbre de siempre que sospecho que está a punto de romperse: ahora comienza a ponerse de moda mirar “distraídamente” al frente, a las paredes, al cielo, al suelo… a todos los lugares menos al tuyo. No existes, en la clasificación de cosas interesantes ocupas el último lugar, aquel al que no se mira porque tampoco te han visto ¡no existes!


Cuando comencé a andar en bicicleta había la costumbre generalizada de saludar a todos los compañeros con los que te cruzabas, adelantabas o te adelantaban. En estos momentos, “a ojo de buen cubero”, sospecho que la tendencia se está inclinando hacia el lado de los que no saludan, los que miran al futuro obviándote, los que enfrascados en su particular carrera “contra reloj” sólo pueden mirar al suelo reconociendo los baches y la negritud de la brea recién echada.


La fauna de gente encantadora se engorda con los que, muertos de prisa, se adentran en la calzada mientras esperan impacientes a que el semáforo se ponga en color verde. No conviene tocar el claxon para advertirles de que están en tu trayectoria, pues, seguramente, devolverán una mirada estúpida diciendo: ¡pasa cabrón! ¿no tienes sitio?


Pueden ser funcionarios o no, están al otro lado del mostrador para atender al público o a la clientela. Seguramente tendrán un mal día o, mejor aún, habrán pasado una mala noche. Tal vez llevarán grabado a fuego en su cerebro que, con la última reforma laboral, su trabajo está muy mal pagado y, claro, no tienen por qué esforzarse en disimular su estado físico o mental ocasionado por su mala oxtia perenne ¡cuánta razón tienen los muy cabrones! Así que no te quejes si al acercarte a su mesa de trabajo, su cara sea seca, seria, no conviene forzar en exceso las líneas de expresión. Tampoco está bien visto hacerles preguntas por mera cortesía, tales como: ¿qué día es el 5? Puedes recibir la cortante respuesta de –“no tengo ni idea”-


Capítulo aparte merece el asunto de las estaciones de servicio, las “gasolineras” de toda la vida. La mayoría de ellas se han convertido en lugares de “autoservicio” y, peor aún, cada vez más llevan aparejada la obligación de pagar el combustible  antes de que lo hayas suministradoteTE. ¡Que les den por el saco! Quedan menos, pero las busco y, si las encuentro, tienen un cliente seguro para toda la vida. Las que tienen a un buen hombre que sabe dónde se encuentra la boca del depósito de combustible, los que te dicen que está lloviendo y los que, con educación, cobran sin desplazarte al interior de la tienda de chucherías.


Otro día seguiremos con más quejas.


Adios.