No los aguanto, están todos
cortados por el mismo patrón: estatura media tirando a pequeña, el pelo al uno, tal vez al dos; su cabeza apenas supera la altura del marco de la
puerta de su Seat “León” amarillo o negro. Conducen su cacharrito con soltura y
llegan al semáforo un instante antes que el resto del mundo después de haber
zigzagueado por la avenida. Unos mirarán desafiantes y otros, la mayoría,
avergonzados, pondrán la vista al frente disimulando su ridículo.
Tampoco puedo aguantar a las
chicas que, al salir del portal de su casa, al encontrártelas en un desierto,
en los porches de la Plaza del Castillo, en un pasillo, en las escalerillas del
WC, arreglando un pinchazo de la rueda de su coche, jadeando en una cuesta, en
un funeral, cuando están a punto de morirse, miran con insólita indiferencia al
frente y creen que no te han visto.
En las callejas de los pueblos
las gentes salen con una silla en la mano a tomar el fresco; otros pasean y
saludan a los que están sentados. Es una costumbre de siempre que sospecho que
está a punto de romperse: ahora comienza a ponerse de moda mirar “distraídamente”
al frente, a las paredes, al cielo, al suelo… a todos los lugares menos al
tuyo. No existes, en la clasificación de cosas interesantes ocupas el último
lugar, aquel al que no se mira porque tampoco te han visto ¡no existes!
Cuando comencé a andar en
bicicleta había la costumbre generalizada de saludar a todos los compañeros con
los que te cruzabas, adelantabas o te adelantaban. En estos momentos, “a ojo de
buen cubero”, sospecho que la tendencia se está inclinando hacia el lado de los
que no saludan, los que miran al futuro obviándote, los que enfrascados en su particular
carrera “contra reloj” sólo pueden mirar al suelo reconociendo los baches y la
negritud de la brea recién echada.
La fauna de gente encantadora se
engorda con los que, muertos de prisa, se adentran en la calzada mientras
esperan impacientes a que el semáforo se ponga en color verde. No conviene
tocar el claxon para advertirles de que están en tu trayectoria, pues,
seguramente, devolverán una mirada estúpida diciendo: ¡pasa cabrón! ¿no tienes
sitio?
Pueden ser funcionarios o no,
están al otro lado del mostrador para atender al público o a la clientela.
Seguramente tendrán un mal día o, mejor aún, habrán pasado una mala noche. Tal
vez llevarán grabado a fuego en su cerebro que, con la última reforma laboral,
su trabajo está muy mal pagado y, claro, no tienen por qué esforzarse en
disimular su estado físico o mental ocasionado por su mala oxtia perenne
¡cuánta razón tienen los muy cabrones! Así que no te quejes si al acercarte a
su mesa de trabajo, su cara sea seca, seria, no conviene forzar en exceso las
líneas de expresión. Tampoco está bien visto hacerles preguntas por mera cortesía,
tales como: ¿qué día es el 5? Puedes recibir la cortante respuesta de –“no tengo ni idea”-
Capítulo aparte merece el asunto
de las estaciones de servicio, las “gasolineras” de toda la vida. La mayoría de
ellas se han convertido en lugares de “autoservicio” y, peor aún, cada vez más
llevan aparejada la obligación de pagar el combustible antes de que lo hayas suministradoteTE. ¡Que les den por el saco! Quedan
menos, pero las busco y, si las encuentro, tienen un cliente seguro para toda
la vida. Las que tienen a un buen hombre que sabe dónde se encuentra la boca
del depósito de combustible, los que te dicen que está lloviendo y los que, con
educación, cobran sin desplazarte al interior de la tienda de chucherías.
Otro día seguiremos con más
quejas.
Adios.