viernes, 6 de junio de 2014

Pamplona y sus gentes en mi mente



Parece que el sol me ilumina de nuevo. Mis dolores van desapareciendo y encima estoy poniendo remedio para que no vuelvan a visitarme en mucho tiempo.

Misterios de la mente ¡qué cosas tiene la vida! Hay días que se fija una canción en el cerebro y con ella se vive hasta que, vete a saber por qué, desaparece. Hoy no ha sido una canción quien se ha metido en mi mente, es una persona. 


Cuando salgo a pasear, al regresar a casa, es frecuente que me encuentre en uno de los pasillos de la Vuelta del Castillo con la cara sonriente de esa persona. No tengo seguro cuál es su ocupación, aunque más de uno diría que es un mendigo o como se llame a los pedigüeños apostados en las puertas de los supermercados, de las iglesias o… en uno de los pasillos de la Vuelta del Castillo.

Es extranjero: tal vez búlgaro o quizás rumano, no lo sé. Habla muy mal el castellano pero infinitamente mejor que yo hablo su idioma. Tiene amputadas ambas piernas un poco más abajo de las rodillas; los muñones los tiene protegidos con unas rodilleras de cuero negro y para él es normal adoptar una postura que, de lejos, parece que estuviera “de rodillas”, es natural. Pelo rubio y su cara me recuerda a la del remero gallego y campeón olímpico David Cal. 
 
Conforme me acerco a él, adopta el gesto que yo llevo en la cara: si el ceño está fruncido, él también fruncirá el suyo, pero con una diferencia, a la vez sonreirá. Si lo llevo serio, él me invitará a sonreír. He notado que al llegar a sus dominios no tengo más remedio que aparcar la seriedad y sonreír.

Sospecho que su “trabajo” tiene una finalidad, de hecho a su lado aparca una caja de cartón en la que la gente, sonriente, deposita sus monedas. Un día la casualidad me gastó una broma: fui decidido a subir el nivel de su caja y, al llegar a su lado, ¡sorpresa! no llevaba dinero. Enseguida entendió la situación y con su cara habitual me dijo -“no importa, lo importante es la vida y hoy hace un día precioso”-

Este “pobre” es muy raro: sonríe, es educado, amable; me resisto a creer que pertenezca a un grupo de los que a primera hora de la mañana va esparciendo a los “trabajadores” por los lugares estratégicos de Pamplona y cada cierto tiempo pasan a recoger el producto y más tarde, al terminar la jornada, los retiran hasta la mañana siguiente.

Esto es todo por hoy.

miércoles, 4 de junio de 2014

A vencer el dolor



Me duele todo menos las piernas. Ha amanecido con viento fuerte y el color de las nubes dice que pronto lloverá. La tentación de quedarme “vestido de noche” es grande, pero poco a poco se enciende la idea de comprobar si es tan fiero el león como dicen. Me preparo y salgo a la calle vestido de “medio invierno”.


Los pies eligen en camino de los tiempos en los que era productivo. Atravieso la Vuelta del Castillo y los semáforos están en donde los dejé. Nada me es extraño. Me adentro en mi Casco Viejo y todo me trae recuerdos, hasta lo nuevo.


Noto un tufillo “a preparativos”. Hago cuentas y caigo en que estoy a un mes de que empiecen las fiestas. Tendré que irme a otro sitio.


Camino de los Corrales de Santo Domingo me fijo en la cara de los que suben: una muchacha con dos perros ha copiado la jeta de las modelos, aparenta haber pasado mala noche y arrastra su asco hacia arriba; nadie mira, igual ni ven.


Me refugio en la amabilidad del café con croissant y leo tranquilamente. Estoy bien aquí… si no fuera por aquel que chilla tanto.


Con pereza emprendo la marcha y el chirimiri me espera. Joan Manuel ¡qué bueno eres! No tengo prisa en los semáforos en rojo y aguardo. Zigzagueo por las pasarelas y decido subir la picarra de la cuesta del Seminario. Barry White ¡qué bien hablas! El ritmo que me impone, hace que la cuesta no me cueste.


Otra vez estoy, sin darme cuenta, en el Ensanche de Pamplona. Vuelvo a cruzarme con caras serias, ásperas, dulcifico la mía y hasta saludo a una sorprendida mamá. Coincido en un punto con una chica muy atractiva: lo más llamativo es su larga melena rubia y su “traje pantalón” de negro y brillante polyester. El pantalón no es transparente, pero se remarca con fuerza el tanga que lleva dentro.


He logrado aplacar el mono de la actividad; no ha sido gran cosa, mas… ha estado bien!


Otro día más.

domingo, 1 de junio de 2014

Debutando en asuntos del running


Recuerdo que los jueves por la tarde teníamos fiesta en el colegio y los pasábamos jugando al fútbol en la Vuelta del Castillo o corriendo por los fosos de la Ciudadela; hacíamos arriesgados ejercicios de “escalada” por las paredes inclinadas de la Selva Gris y cuando el sol hacía un buen rato que se había escondido, regresaba a casa totalmente machacado. Me imagino cojeando y dolorido por la calle Mayor preparándome a recibir la bronca de mi madre mientras me comía el habitual plato de patatas cocidas con pimentón.


Mucho más tarde, con mi cuadrilla de amigos íbamos andando hasta Oricáin para jugar al fútbol. Las mañanas de los domingos tenían un ritual machacón: tras la madrugadora misa, nos dirigíamos a la Rochapea y por Capuchinos ascendíamos el monte de San Cristóbal por su parte menos pronunciada y enseguida Oricáin estaba a nuestro alcance. Después de almorzar en “La Coneja” regresábamos a casa pero era incapaz de seguir más allá de Villava. Volvía a tener el mismo cansancio que durante mi época de escolar.



Nunca me sentí atraído por la actividad andarina; tampoco he hecho la “Javierada” y mi record no alcanza los 25 kilómetros.


Han pasado muchos años, más de cuarenta, y lo que son las cosas, ahora compagino mi actividad deportiva preferida, la bicicleta, con andar a pie. En Pamplona el apartado climatológico es crudo: cuando no llueve mucho, hace mucho calor o mucho frío, según le dé, así que no queda otra alternativa que refugiarse en el olor malsano del gimnasio o salir al aire libre en mi doble vertiente: ciclismo o paseo matinal.



Ya voy por el cuarto año de paseante, no alardeo de ello porque sería presuntuoso por mi parte. Sigo arrastrando todos mis problemas físicos naturales en mi persona desde la niñez, si bien reconozco que he llegado a un pacto de entendimiento con mi cuerpo y el castigo de antaño he logrado domesticarlo un tanto y hasta encuentro placentero salir con buen ritmo por el Paseo Fluvial de la Comarca de Pamplona. El espíritu competitivo que llevo dentro hace que me “pique” con alguna carnaza que divise a lo lejos o que me ataque por sorpresa. Otras veces el paseo me lleva a descubrir lugares o asuntos interesantes para la cámara fotográfica y en definitiva, he encontrado el complemento a la bicicleta.


Seguiremos informando.