jueves, 1 de agosto de 2019

Carrera de 110 metros vallas


Hacía mucho tiempo que no pisaba el Estadio Larrabide; la última vez que anduve por allí se llamaba Estadio Ruiz de Alda.


Mis lejanos recuerdos no son agradables. Allí conocí el sabor a sangre cada vez que corría por sus pistas de ceniza cuando los hermanos maristas nos acercaban, desde el vecino colegio de Santa María la Real, a las clases de educación física. Cierto día, mientras jugaba en la arena del foso de saltos, se me acercó un 'señor' diciendo ”que le gustaban mucho mis muslos tan ricos”. Más tarde, cumplidos los 21 años, me alejé del estadio con un esguince de tobillo que me hice atrapando un balón en un partido de balonmano.

El ambiente allí era de fiesta. Los atletas discurrían despreocupados por dentro y fuera de las pistas, unos con sus vestiduras de trabajo puestas y otros con el chándal de la federación de su procedencia.
Llovía pero no importaba, era agradable andar a lo largo del perímetro de la pista acompañado de espectadores, familiares de quienes corrían o saltaban y de los propios protagonistas.

Por fin llegué a la recta de meta y comencé a mirar con ojos del que no ha visto una competición de atletismo en carne y hueso en su vida, ya que hasta ahora siempre lo había hecho a través de la televisión.

Poco a poco me fui enterando de cosas relacionadas con las carreras de 100 metros vallas femenino. Anteriormente habían participado los hombres y ahora estaban corrigiendo la altura de cada valla. ¡Sí! En la prueba masculina éstas se sitúan a una altura de 106 centímetros y en la femenina a 84 centímetros. ¡Ah! Y ellos corren un poco más que las mujeres, llegan hasta los 110 metros. ¿Por qué? No lo sé.

Tengo que decir que me impresionó la prueba. Saqué mis cuentas y me hice una especie de regla de tres sobre el asunto.
Veamos; si las mujeres alcanzan tal velocidad corriendo y saltando, se les oye la zancada furiosa de las flexibles zapatillas en el suelo y, en más de una ocasión, golpean con sus piernas en los listones de las vallas, ¿cuál habría sido el resultado de la prueba masculina anterior? ¿Cómo tiene que ser una carrera de 110 metros, saltado vallas cada cierta distancia a una altura de 106 centímetros y preparando milimétricamente la zancada para continuar con la siguiente? Pero claro, enseguida la regla de tres la quise ampliar y la trasladé a lo siguiente: ¿Qué será de esta prueba en una olimpiada, en la de Tokyo por ejemplo, disputando la final los mejores atletas del mundo?

¡Quiero verlo!



jueves, 9 de mayo de 2019

¡Las noticias buenas no venden!


Alguna vez he oído por ahí que las buenas noticias no venden. Tal vez tengan razón, pero me gustaría poder escribir en positivo con el riesgo de que nadie leyera estas historias y, a cambio, pasear por el pueblo como sospecho que lo hacen en los países del norte de Europa o en Japón sin ir más lejos: con todo en su sitio y limpio.

Apuesto a que nunca llegará el día en que vea los jardines, de los que tanto nos gusta alardear, cuidados, con el verde a reventar, sin colillas incrustadas en el borde del camino y sin restos de botellas que, cumpliendo con el rito de la borrachera, se rompen en los delirios de fin de semana.

Me he fijado que muchos fumadores tiran al suelo las cajetillas vacías de tabaco sin importarles un pijo que haya una papelera dos pasos más allá. ¡Qué pena!

También me llama la atención la despreocupación que se tiene en desprenderse de los envoltorios de comida: bolsas, celofanes, cajas de cartón, etc. Una vez que se abre ¿para qué sirve algo tan pringoso? ¡Para tirarlo al suelo! ¡Con dos cojones!

Las cosas se degradan, hay que cuidarlas si no queremos que se desmoronen y se conviertan en ruinas. ¡Cuánto me agradaría ver que el Ayuntamiento ha ampliado su brigada de obreros para que los adoquines se repongan sin darles tiempo a que desaparezcan de su lugar; que los escalones de la cuesta del Club Natación se arreglen antes de que las inclemencias del tiempo los fulminen; que los ríos estén limpios! Sí, cuánto me gustaría, pero es tan difícil que eso suceda que no corro el riesgo de anunciar tan mojigatas noticias.

¡Oye, cuánto se escupe en Pamplona! ¿Qué pasa, es el mal ejemplo de los jugadores de fútbol?

¿Quién no ha oído eso de que “las cosas, si breves, dos veces buenas”? Así que no pienso alargarme más por hoy dando la vara sobre cuestiones que existen y que me gustaría que desaparecieran para no poder vender ni una, ni una sola noticia buena.

Hasta pronto.

Bs.




jueves, 14 de marzo de 2019

¡Pobre río Arga!


Estoy viendo la cuarta etapa de la prueba ciclista “Paris-Niza”. Los locutores dicen que la prueba discurre por los alrededores del Ródano y yo me fijo en el río dejando de lado a los ciclistas. Las aguas van encauzadas entre paredes de mampostería y, cuando acaban éstas, las orillas lucen con pequeñas pendientes alfombradas de hierba. Parece sacado de algún cuento para niños pero es lo que veo en la retransmisión de la carrera.

No puedo remediar dejar de lado a los franceses y sus ríos y transportarme a la realidad de mi ciudad, a Pamplona. Vuelvo con las imágenes del Ródano y las comparo con las de mi río Arga, saliendo completamente derrotado.

Desde la construcción del Parque Fluvial, los pamploneses y vecinos de las localidades de la Cuenca, hemos descubierto un lugar que hace las delicias de deportistas y paseantes, pero últimamente no puedo sustraerme de mirar con pena la situación que presenta el Arga: botellas vacías, plásticos colgando de las ramas de los árboles, troncos de árboles arrastrados por las sucesivas riadas, carros de la compra, contenedores de basura, restos de coches desguazados; la rotura de la presa de Santa Engracia y su consiguiente huida de las aguas hacia Miluce, han dejado al descubierto el lecho del río desde ¡vaya Ud. a saber! hasta no sé dónde, haciendo impracticable el deporte del remo, todo lo contrario de lo que sucede en las cercanías del Club Natación gracias a la presa de la playa de Caparroso. Yo desconocía que los restos del viejo puente del Plazaola estaban sumergidos debajo de las aguas del Arga, pero gracias a la desidia que presenta la mencionada presa, he podido saber que sí, que la basura pasa desapercibida cuando se esconde debajo de la alfombra.




No tengo idea de cual es la pirámide de responsabilidades en la conservación de un río, en este caso navarro. ¿Acaso es la Confederación Hidrográfica del Ebro quien debiera ponerse al frente de la situación y proyectar un trazado debidamente encauzado como lo hacen nuestros vecinos del norte? ¿Qué podemos preguntar a los ecologistas que defienden no alterar el cauce para no afectar a la fauna y flora del río? ¿Por qué miran hacia otro lado para no ver el estado miserable del río? ¿Y el Ayuntamiento y el Gobierno no tienen ninguna responsabilidad en este asunto? ¿Y qué decir de nosotros, los navarros, los de siempre y los recién llegados, porque somos nosotros los que ensuciamos, no son los de Extremadura ni los de Cataluña, somos nosotros, los que presumimos de tener una ciudad muy bonita, llena de parques y limpia ¿limpia? ¡No!

Todo esto ha pasado por mi cabeza cuando veía la etapa de la “París-Niza” y además me he enterado del ganador.

Hasta pronto.

Bs.