Me había olvidado de un
comentario anterior y, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de la
situación.
Conforme iba saludando a
mis compañeros, todos relucían con una sonrisa socarrona y se
interesaban por su deterioro físico. Sí, todos sin excepción hemos
sufrido el castigo de un año más de nuestra vida y, a estas
alturas, un año comienza a ser mucho tiempo.
Lo curioso del caso es
que de inmediato te habitúas a la nueva imagen que presenta la
persona que habla contigo y lo interesante es lo que te dice o el
recuerdo que, en segundo plano, llega a tu mente. Han sido cuarenta y
un años los que he convivido con cientos de vosotros en el Banco de
Vasconia y ese tiempo sirve para almacenar miles de vivencias.
El primero se remonta a
un día del año 1970 en que pisé la oficina principal del Banco en
la Plaza del Castillo y Alejandro se prestó a hacer de cicerone en
mi trayecto al Departamento de Personal con mis pantalones
acampanados de pana granate, unos “pisa mierdas”, mini-pull,
cabellera abundante y bigote a la moda, ¡Qué tiempos! Los primeros
años en lugares tan dispares como “la tirilla”, servicio
militar y agencia 2 de Pamplona, fueron muy agradables. Sin exagerar
constituyeron una fiesta continua por el ambiente que se respiraba y
la juventud que, gran parte de nosotros, disfrutábamos.
Aquellos pasos quedaron
atrás y, sin darme cuenta, fui adentrándome en los servicios
centrales. Mis primeros trabajos con Joaquín, Luis y Félix los
recuerdo con agrado. Después llegaron puestos, lugares y gentes en
los que se entremezclan los recuerdos negros con los de vivos colores
con predominio de aquellos sobre los últimos.
Los últimos tres años
los viví otra vez en la Plaza del Castillo. Ahí, si hubo colores
negros no lo recuerdo, me quedo con los buenos momentos que tapan sin
discusión a lo oscuro. Aún me quedaban por recorrer unos pocos
meses, siete, en la agencia 3 de Pamplona. Fui receloso de mi mismo y
del recibimiento que iba a tener por parte de mis compañeros. Estos
miedos desaparecieron de inmediato: el viejo elefante no resultó
para tanto y los tipos de la oficina resultaron extraordinarios. Fue
una terminación inesperada y llena de color.
Esto es, a grandes
rasgos, mi historia en lo que ha sido mi trabajo durante tanto
tiempo. No me resisto a nombrar a unos pocos compañeros con los que
compartí asiento y que viven en mi pensamiento además de todos
vosotros:
David, Gilito, Patiño,
Josetxo, Santy Indurain, Mariano, Joaquín, Félix, Elcano, Bandrés,
Santaengracia, Hortensia, Carlos, Pilar, Nacho, Martínez-Adán, Santy, Helena,
Dionisio, Jesús, Josetxo, Arturo, Zoco y todas las sucursales por
las que pasé, viajando con un 600 rojo, un 127 también del mismo
color, un R-12 familiar, un Escort plateado, seguido de dos Mondeos
y, por último, un Focus azul precioso. ¡Casi todos quedaron para el
desguace!
¡Animo! Todos estáis
majísimos, el año que viene más.
Bs.