miércoles, 23 de noviembre de 2016

¡Qué mal hablamos!



Con el cambio climático estoy preocupado. Es fácil comparar qué ocurrió hace 50 años, 25 años en Pamplona y veremos que en aquellos tiempos era frecuente circular por las carreteras con cadenas y hoy no sabemos ni siquiera ponerlas en las ruedas.


¡Sí! Hoy no está la mañana para andarse con tonterías: llueve con ganas, hace frío y, para mañana, los pronósticos son más pesimistas. Me refugio en casa y me sorprende cuán rápido pasa el tiempo. El que no se divierte es porque no quiere; se conoce que yo no he querido.


Entre otras cosas, he encendido el aparato de televisión y me han llamado la atención las tonterías de siempre y es que no aprendo, debería estar vacunado y no, es imposible, no sé cómo podemos ser tan tontos. A ver si logro explicarme:

-          ¿Es que en este país nadie acudió a clase cuando explicaban los artículos neutros?  Vamos a darle un repaso. Femenino artículo determinado: la; femenino artículo indeterminado una; masculino artículo determinado: el; masculino artículo indeterminado: un o uno; artículo determinado neutro: lo; artículo indeterminado neutro: un o uno. ¿Entendido? Os ruego que no me rompáis la cabeza ni me hagáis perder el hilo de las cosas cuando habléis de los “compañeros y compañeras” de los “chicos y las chicas” y así hasta la eternidad. No me vengáis con feminismos de tres al cuarto que no llevan a otra cosa que a complicar, por distracción, la asunción de los discursos.


-          Otra cosa con la que no puedo es la frasecita con la que se define a las personas: -“Es o era muy amigo de sus amigos”-  ¡Joder! ¿De quién iba a ser amigo el maromo, de mí a quien no conocía de nada? ¡No! Sería de sus amigos. ¡Por favor, no redundéis!


-          De un tiempo a esta parte, se ha puesto de moda una manera de simplificar el asunto de buscar palabras que definan las cosas; me explico: supongamos que queremos decir que un edificio es muy grande, más grande aún, no, no aún más grande; entonces echaremos mano de la siguiente frase: -“no era una casa grande, no, era lo siguiente”- “No era tonto, no, lo siguiente”. ¡Por favor! Que alguien me explique qué es “lo siguiente” más grande o más tonto a lo anterior. Habrá alguna palabra en el diccionario que lo detalle. No me dejéis el trabajo a mí, dadme la solución a tan enorme misterio, tal vez me quede corto o largo en mi apreciación y me gustaría tener una información precisa de lo que me queréis dar a conocer.


-          Ambos-ambas. Definición: en relación con dos personas o cosas, se utiliza para referirse a las dos. Cada vez son más las personas que, a las palabras del enunciado, añaden el número “dos”. Ejemplo: -“llamaron a ambas dos chicas”- “ambos dos penalties fueron fallados por el delantero navarro” ¿Es que no os suena mal al oído? 


Sé que es difícil hablar o procurar hablar con propiedad, cuesta mucho trabajo y tiempo encontrar la palabra precisa que pueda explicar aquello que queremos decir. Os pido un favor: perded un poco de tiempo.


Hasta pronto. Bs.


martes, 12 de enero de 2016

Viajeros al tren



Por fin amanece en Madrid. Las calles están mojadas; se nota que esta noche ha llovido con gusto. 

Me visto con pereza y sin apresurar el paso, aguantando los semáforos hasta el último segundo en su color rojo, encuentro una cafetería en la que su sonriente camarera me atiende con amabilidad ya olvidada: 

-“Zumo de naranja, café con leche en vaso y una magdalena de chocolate, por favor”-
-“Elija una mesa y enseguida se lo llevo”- 

Pienso que tal vez estaré todavía soñando, pero no, todo es real.

Esquivo los charcos que rodean la estación de Atocha y comienzo a alternar con gente distante y cara de saber de qué va el asunto. En el control de equipajes me obligan a quitarme la chaqueta y ni tan siquiera miran la pantalla; siguen hablando entre ellos y se manejan con órdenes  rutinarias para el viajero.

Todavía es pronto para que salga el tren y aquella silla me hace un guiño. Observo que el nivel de los viajeros ha subido muchos escalones hasta alcanzar, sin lugar a dudas, al de los que todavía van por el aire. Ya no existen los pazguatos con boina calada y cesta llena de almuerzo mediterráneo; ahora manejan los trolley (maleta con ruedas y asa extensible) con desparpajo: lo mismo la arrastran que la acompañan a la altura que lo harían con su husky siberiano. Todos miran hacia arriba buscando los televisores en los que anuncian que los de Málaga saldrán dentro de 15 minutos por la vía 3; que se preparen los de Santiago porque la “cosa” es inminente; para los de Pamplona todavía no nos nombran porque tenemos tiempo y han de salir antes que nosotros los de Barcelona, Valencia, Cafarnaum, etc.
 
Sin darme cuenta, empiezan a volar mis pensamientos y me paro cuando pasan por Bilbao. En mi niñez, una de las peores ideas del día consistía en ir a la playa en tren. Se trataba de un trenecito de color verde que hacía el trayecto desde Bilbao hasta Plencia (Plentzia) y vuelta. Según le pareciera a mi hermana, unos días nos bajábamos en Neguri para pasar la mañana en la playa de Ereaga o, cuando ella tenía más tiempo, nos alejábamos hasta la de Sopelana o Plencia. En realidad en el agua lo pasaba estupendamente, lo malo era el viaje: los vagones estaban llenos de viajeros y, por muy alto que era para mi edad, siempre me tocaba recostar la cabeza en las tetas de alguna monja ¡un rollo!

Ahora no, todo está perfectamente medido: cada pasajero tiene su número de asiento reservado para él; nadie va de pie salvo para acudir al WC o a la cafetería que está a continuación de los vagones de “clase preferente” (es que ahora hay clase). Espero que los chavales que, con sus hermanas, vayan a las playas de Ereaga, Sopelana o Plencia, lo hagan en trenes sin posibilidad de apoyarse en ninguna persona, a no ser que esa persona se preste gustosa.

El paisaje de Castilla y de Aragón está feo. El color que lo define es el pardo, el mismo que utilizan los animales del campo cuando quieren difuminarse con el terreno. Creo que el camino del tren discurre por los peores y más descuidados lugares del País. Todo está tristemente pardo y el viento insiste en tumbar las cañas. Poco a poco atisbo un ligero cambio en la tonalidad de los campos y reconozco el paisaje del sur de Navarra: comienzan a aparecer con vergüenza los verdes del cereal.

Entre una cosa y otra he oído un buen montón de canciones; cuando me acuerdo, sigo una película en la TV del tren y he dado cuenta de “El Pais” que me ha ofrecido una azafata.

Parece que estoy a punto de llegar a mi pueblo y veo que Andrés ha venido a esperarme: ¡gracias majo!

Hasta otra.