miércoles, 14 de noviembre de 2018

San Carlos Borromeo


Me había olvidado de un comentario anterior y, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de la situación.

Conforme iba saludando a mis compañeros, todos relucían con una sonrisa socarrona y se interesaban por su deterioro físico. Sí, todos sin excepción hemos sufrido el castigo de un año más de nuestra vida y, a estas alturas, un año comienza a ser mucho tiempo.

Lo curioso del caso es que de inmediato te habitúas a la nueva imagen que presenta la persona que habla contigo y lo interesante es lo que te dice o el recuerdo que, en segundo plano, llega a tu mente. Han sido cuarenta y un años los que he convivido con cientos de vosotros en el Banco de Vasconia y ese tiempo sirve para almacenar miles de vivencias.

El primero se remonta a un día del año 1970 en que pisé la oficina principal del Banco en la Plaza del Castillo y Alejandro se prestó a hacer de cicerone en mi trayecto al Departamento de Personal con mis pantalones acampanados de pana granate, unos “pisa mierdas”, mini-pull, cabellera abundante y bigote a la moda, ¡Qué tiempos! Los primeros años en lugares tan dispares como “la tirilla”, servicio militar y agencia 2 de Pamplona, fueron muy agradables. Sin exagerar constituyeron una fiesta continua por el ambiente que se respiraba y la juventud que, gran parte de nosotros, disfrutábamos.

Aquellos pasos quedaron atrás y, sin darme cuenta, fui adentrándome en los servicios centrales. Mis primeros trabajos con Joaquín, Luis y Félix los recuerdo con agrado. Después llegaron puestos, lugares y gentes en los que se entremezclan los recuerdos negros con los de vivos colores con predominio de aquellos sobre los últimos.

Los últimos tres años los viví otra vez en la Plaza del Castillo. Ahí, si hubo colores negros no lo recuerdo, me quedo con los buenos momentos que tapan sin discusión a lo oscuro. Aún me quedaban por recorrer unos pocos meses, siete, en la agencia 3 de Pamplona. Fui receloso de mi mismo y del recibimiento que iba a tener por parte de mis compañeros. Estos miedos desaparecieron de inmediato: el viejo elefante no resultó para tanto y los tipos de la oficina resultaron extraordinarios. Fue una terminación inesperada y llena de color.

Esto es, a grandes rasgos, mi historia en lo que ha sido mi trabajo durante tanto tiempo. No me resisto a nombrar a unos pocos compañeros con los que compartí asiento y que viven en mi pensamiento además de todos vosotros:

David, Gilito, Patiño, Josetxo, Santy Indurain, Mariano, Joaquín, Félix, Elcano, Bandrés, Santaengracia, Hortensia, Carlos, Pilar, Nacho, Martínez-Adán, Santy, Helena, Dionisio, Jesús, Josetxo, Arturo, Zoco y todas las sucursales por las que pasé, viajando con un 600 rojo, un 127 también del mismo color, un R-12 familiar, un Escort plateado, seguido de dos Mondeos y, por último, un Focus azul precioso. ¡Casi todos quedaron para el desguace!

¡Animo! Todos estáis majísimos, el año que viene más.

Bs.