Acabo de regresar de las Islas
Canarias, en concreto de Gran Canaria, de la capital Las Palmas. He contado con
la ayuda de mis consuegros para poder conocer un gran número de los 21
municipios de la isla. Lugares, mucho de ellos, que no están en las rutas
turísticas de los hoteles y que tienen su historia cercana contada con la
tranquilidad de Pedro y Sarina.


Los viajes tienen una serie de
componentes comunes que los hacen odiosos. ¿Qué puede ser odioso de un viaje?
¡Los viajes en sí! Es algo necesario para trasladarse del lugar de residencia
hasta donde hayas elegido, así que no queda más remedio que someterte a los
horarios de los trenes, aviones, autobuses o lo que toque. Además, algunos de
estos medios tienen unas normas propias de las cárceles: obligan a desnudarte
de enseres, a descalzarte, a pasar por debajo de un arco detector de metales, a
cachearte, a llevar los líquidos en no sé dónde, a depositar las maletas en una
cinta transportadora para que alguien pueda meter sus narices en tu ropa
interior y, por fin, después de haber puesto el máximo interés en leer “cifras
y letras” poder introducirte en el avión o, en menor medida de exigencia en el
tren o, no digamos qué diferencia, en el autobús.


Decididamente los aviones no
están hechos para personas de más de 1,78 metros de altura; caben, caben pero
mal. El espacio entre filas de butacas es el suficiente para que las rodillas
queden perfectamente encajadas en los huecos que se encuentran en la butaca
precedente. Esto obliga a adoptar una postura de ángulo recto formado por el
tronco y las piernas que no podrás modificarla durante todo el trayecto a no
ser que molestes a los otros dos sufridos compañeros de fila, señalándoles que
vas a hacer pipí y que se levanten (por favor). Al poco de sentarte en tu potro
de tortura y después de demostrarte las azafatas con gestos robóticos que hay
que hacer en caso de despresurización de la cabina y un poco antes de que te
vayas a tomarporculo de esta vida, esas mismas azafatas te ofrecerán una serie
de productos de dudosa calidad a precios de restaurante de cinco estrellas
Michelín.
Mientras observo distraídamente
por la ventanilla no sé el qué, bebo un café negro caliente tremendamente frío.
El comandante del avión nos anuncia que llegamos a nuestro destino con veinte
minutos de adelanto y yo calculo que llegamos a su hora, que no está mal.
Una vez en tierra comienza una
peregrinación en busca de la maleta grande, aquella que, al facturarla, la
miras con la misma cara de ternura que pones cuando tu hijo se despide para
irse a un “intercambio” al sur de Inglaterra. Espero verte pronto, cariño,
pásalo bien y, sobre todo, regresa, regresa sano y salvo (perdón: sana y salva,
que estoy hablando de la maleta grande)
Todas estas peripecias se hacen
lo mismo a la ida que a la vuelta; la diferencia entre una y otra estriba en el
peso de las maletas: ahora pesan más, ya se sabe, un imán para el frigorífico,
un plato para la pared, la ropa sucia, etc. ¡Ah! ahora se está muchísimo más
cansado que a la ida y es que el andar cansa y durante las vacaciones se anda
¡vaya que si se anda!
Otra de las cosas que cansan
mucho y a mí, además, me aburren, son los que atienden a las mesas en los
restaurantes. ¿Alguno de ustedes ha oído hablar de los maridajes?
La palabra maridaje en los restaurantes quiere significar unión entre el vino
y el plato. Me parece un término muy rimbombante y del que algunos sacan partido, partido hasta mancharse. Si no
fuera porque el vino tinto sin distinción, y bien que lo siento, me sabe a pez,
no tendría inconveniente en beberlo con la merluza, el besugo o con el salmón.
En contrapartida, el vino rosado (en
mi tierra, desde siempre se le ha nombrado clarete) que me encanta, lo bebo con
todo aquello que aparece en la carta del restaurante y, bajo mi punto de vista,
armoniza perfectamente. Tampoco tengo reparos en que armonice el vino blanco, así que esto del maridaje me trae sin cuidado. No
obstante, el trabajador del restaurante todo esto que digo respecto de mí no lo sabe y, sin embargo, saltándose
cualquier norma del susodicho maridaje, antes
de que hayas abierto la “carta” ya está preguntando “¿qué vamos a tomar?”. El otro, día ante tal pregunta, respondí que “nada” y ella me respondió “¿nada?”. ¿Cómo voy a decidir ahora qué
vino voy a tomar si todavía no he leído lo que me propone para comer? ¿Acaso no
ve que quiero darme “pote” y maridar
como dios manda el vino con el plato?
Todo esto al dueño del
restaurante le importa tres pepinos, lo que le importa es que consumas vino,
cerveza, agua, coca-cola, fanta, etc. y
que comas cuanto más y más caro mejor; el asunto de la armonización ¡para otro
día! tal vez para un acto de maridaje
auspiciado por él mismo.
Mientras escribo esto, me viene a
la memoria un caso que le ocurrió recientemente a mi amigo Andrés: pidió su comanda
y el camarero le trajo su correspondiente botella de vino. El trabajador le
anunció que la comida tardaría aproximadamente unos 25 minutos. ¿Qué hacemos
mientras tanto? ¿Nos bebemos el exquisito Rosado
de Navarra con una barra de pan? Andrés se levantó y se fue. Amen.
Hasta pronto.