jueves, 28 de agosto de 2014

¡Aviso! RADAR



Cargo el equipaje en el maletero del automóvil. Este coche se está quedado pequeño o cada vez hay más cosas que meter. Es una constante que se repite desde antes de que sacara el carnet de conducir; mi padre tuvo que instalar una parrilla en el Seat 600D y para siempre quedó grabada en mi memoria la imagen de un cochecito de color rojo guinda ¡precioso! con un saco “de lo que sea” en el techo del utilitario de los 60.

Bien, vamos al asunto que nos ocupa: me pongo de viaje y comienzo formal. Mi idea es conducir tranquilo, no tengo por qué rebasar los límites de velocidad establecidos. El goteo de automóviles que me rebasan es constante, a veces más que goteo es aluvión. Alcanzo al primer camión del día y espero a que haya un hueco en el carril izquierdo para dejar atrás al profesional de la ruta. Vuelvo a la derecha y así hasta la próxima. Me harto de la repetición de la operación y sé que, tarde o temprano, seré uno más en la vorágine. Dejaré de circular con el automático en 120 km/hora y lo haré a “lo que corresponda”.

Me sorprende que, de vez en cuando, alcanzo un cartel que avisa que próximamente llegaré a un radar. Todos los conductores quedan avisados del peligro que el cartelito anuncia: unos lo leen y otros lo escuchan por el navegador. Los pilotos rojos traseros del freno se encienden y resulta curioso observar que el gran turismo que llevo adelante adecua su velocidad justamente a la que yo acabo de conseguir y, tanto los automóviles del carril izquierdo como los del derecho, circulan a la misma velocidad: 120 kms/hora.

Una vez que se ha pasado el cajón de la derecha de la calzada, pintado de color amarillo fosforito, la caravana adquiere su velocidad normal de crucero: los más prudentes subirán sus indicadores hasta los 132 kms/hora que se supone tienen de margen por aquello del 10% del posible error de los aparatos de medición de la velocidad; otros llegarán hasta en la que se sientan seguros: 140, 150, 160, 180… 200? ¿Y por qué no? Así seguirá la caravana hasta que alcance el temible cartel avisador: radar. La operación se volverá a repetir y todos seremos unas cándidas hermanitas de la caridad; hipócritas hermanitas de la caridad incapaces de delinquir. Todos viajaremos por un instante a 120 kms/hora.

¿Es esto lógico? ¿A cuento de qué viene el cartel avisador de un próximo radar? ¿Por qué todos los navegadores están preparados para advertir mediante el sonido de una trompetilla que nos acercamos a un radar que está justamente debajo de aquel puente o a la orilla de la autovía?

Yo no me quejo de que se avise con estos aparatos generadores de multas a los conductores que ¡vaya Ud. a saber por qué! se han distraído y han pasado por el “detector de metales” a velocidad inapropiada;  me sorprende que se avise a los conductores que si no sitúan la velocidad de su vehículo, por un instante, a la máxima permitida, la autoridad pertinente les denunciará. ¡Joder, no avises! La inmensa mayoría de los conductores circulamos por encima de esa cifra fatídica. Llevamos automóviles preparados para rebasarla “con la izquierda”. ¡No avises, no seas tonto! ¡Recauda!

Hasta otra.

jueves, 14 de agosto de 2014

Yo creo que se trata de hipocresia



Durante el paseo me vienen una y otra vez a la mente las imágenes del director de un colegio de Egipto. El energúmeno, un personaje corpulento, va animando a los temerosos chavalillos para que salgan de donde están refugiados, muertos de miedo por lo que se les viene encima. 

Conforme salen del lugar, el tiparraco les va recibiendo con una sarta de oxtias y termina con una patada en “donde pille”: en el culo, en el costado, en donde sea. Es tal la diferencia de complexión entre el “pegador” y los que reciben que éstos, todos, salen volando despedidos por el aire como consecuencia de la patada del “hijoputa” del director del colegio. Creo recordar que la noticia hablaba de 13 alumnos, así que ya se sabe: 13 manadas de tortas y 13 patadas voladoras. ¡Terrorífico! 

En estos tiempos, en mi tierra, estas prácticas han pasado a mejor vida ¡menos mal! Pero en mi época de estudiante, lo que el otro día vi en la TV era el “pan nuestro de cada día”.
No adivino que artilugios se han instalado en nuestras cabezas para recordar sonrientes las veces que los profesores de toda clase y condición: seglares, curas, religiosos, etc. se empeñaban en introducirnos en nuestros cuerpos “el saber”. –“La letra con sangre entra”- Y nada, venga recibir oxtias con el único fin de meternos las letras a golpe de “chascazos”, tortas, cocas y demás maniobras propias de la educación de entonces.

Sin embargo, cosas de la vida, otra “actividad” propia de entonces también es recordada en nuestros días. Me refiero a cierta “afectividad” que, según he oído por ahí y nunca he sentido en mis carnes era moneda de curso legal. Cualquier día el pobre Papa Francisco tiene que salir en los medios pidiendo perdón por los desmanes que los curas y religiosos han procurado a la chiquillería de buena parte del mundo.

Me pregunto ¿por qué esa doble vara de medir? ¿Por qué tendemos a sonreir cuando oímos las palizas casi diarias que recibían los  cuerpecillos de chavales de 6, 7, 8 años hasta los… (poned la cifra que queráis) y torcemos el gesto ante cuestiones que, muchas veces, tocan de lejos la pedofilia?

Yo, sinceramente no lo sé. Lo que sí alcanzo a notar es un ambiente de beatífica y sonriente resignación ante los golpes que recibimos de pequeños y todo lo contrario para cualquier cosa que huela a cuestión relacionada con el sexo.

Buenas tardes.