Cargo el equipaje en el maletero
del automóvil. Este coche se está quedado pequeño o cada vez hay más cosas que
meter. Es una constante que se repite desde antes de que sacara el carnet de
conducir; mi padre tuvo que instalar una parrilla en el Seat 600D y para siempre
quedó grabada en mi memoria la imagen de un cochecito de color rojo guinda
¡precioso! con un saco “de lo que sea” en el techo del utilitario de los 60.
Bien, vamos al asunto que nos
ocupa: me pongo de viaje y comienzo formal. Mi idea es conducir tranquilo, no
tengo por qué rebasar los límites de velocidad establecidos. El goteo de
automóviles que me rebasan es constante, a veces más que goteo es aluvión.
Alcanzo al primer camión del día y espero a que haya un hueco en el carril
izquierdo para dejar atrás al profesional de la ruta. Vuelvo a la derecha y así
hasta la próxima. Me harto de la repetición de la operación y sé que, tarde o
temprano, seré uno más en la vorágine. Dejaré de circular con el automático en
120 km/hora y lo haré a “lo que corresponda”.
Me sorprende que, de vez en
cuando, alcanzo un cartel que avisa que próximamente llegaré a un radar.
Todos los conductores quedan avisados del peligro que el cartelito
anuncia: unos lo leen y otros lo escuchan por el navegador. Los pilotos rojos
traseros del freno se encienden y resulta curioso observar que el gran turismo
que llevo adelante adecua su velocidad justamente a la que yo acabo de
conseguir y, tanto los automóviles del carril izquierdo como los del derecho,
circulan a la misma velocidad: 120 kms/hora.
Una vez que se ha pasado el cajón
de la derecha de la calzada, pintado de color amarillo fosforito, la caravana
adquiere su velocidad normal de crucero: los más prudentes subirán sus
indicadores hasta los 132 kms/hora que se supone tienen de margen por aquello
del 10% del posible error de los aparatos de medición de la velocidad; otros
llegarán hasta en la que se sientan seguros: 140, 150, 160, 180… 200? ¿Y por
qué no? Así seguirá la caravana hasta que alcance el temible cartel avisador: radar.
La operación se volverá a repetir y todos seremos unas cándidas
hermanitas de la caridad; hipócritas hermanitas de la caridad incapaces de
delinquir. Todos viajaremos por un instante a 120 kms/hora.
¿Es esto lógico? ¿A cuento de qué
viene el cartel avisador de un próximo radar? ¿Por qué todos los navegadores
están preparados para advertir mediante el sonido de una trompetilla que nos
acercamos a un radar que está justamente debajo de aquel puente o a la orilla
de la autovía?
Yo no me quejo de que se avise con
estos aparatos generadores de multas a los conductores que ¡vaya Ud. a saber
por qué! se han distraído y han pasado por el “detector de metales” a velocidad
inapropiada; me sorprende que se avise a
los conductores que si no sitúan la velocidad de su vehículo, por un instante,
a la máxima permitida, la autoridad pertinente les denunciará. ¡Joder, no
avises! La inmensa mayoría de los conductores circulamos por encima de esa
cifra fatídica. Llevamos automóviles preparados para rebasarla “con la
izquierda”. ¡No avises, no seas tonto! ¡Recauda!
Hasta otra.