Durante el paseo me vienen una y
otra vez a la mente las imágenes del director de un colegio de Egipto. El
energúmeno, un personaje corpulento, va animando a los temerosos chavalillos
para que salgan de donde están refugiados, muertos de miedo por lo que se les
viene encima.
Conforme salen del lugar, el
tiparraco les va recibiendo con una sarta de oxtias y termina con una patada en
“donde pille”: en el culo, en el costado, en donde sea. Es tal la diferencia de
complexión entre el “pegador” y los que reciben que éstos, todos, salen volando
despedidos por el aire como consecuencia de la patada del “hijoputa” del
director del colegio. Creo recordar que la noticia hablaba de 13 alumnos, así
que ya se sabe: 13 manadas de tortas y 13 patadas voladoras. ¡Terrorífico!
En estos tiempos, en mi tierra,
estas prácticas han pasado a mejor vida ¡menos mal! Pero en mi época de
estudiante, lo que el otro día vi en la TV era el “pan nuestro de cada día”.
No adivino que artilugios se han
instalado en nuestras cabezas para recordar sonrientes las veces que los
profesores de toda clase y condición: seglares, curas, religiosos, etc. se
empeñaban en introducirnos en nuestros cuerpos “el saber”. –“La letra con sangre
entra”- Y nada, venga recibir oxtias con el único fin de meternos las
letras a golpe de “chascazos”, tortas, cocas y demás maniobras propias de la
educación de entonces.
Sin embargo, cosas de la vida,
otra “actividad” propia de entonces también es recordada en nuestros días. Me
refiero a cierta “afectividad” que, según he oído por ahí y nunca he sentido en
mis carnes era moneda de curso legal. Cualquier día el pobre Papa Francisco
tiene que salir en los medios pidiendo
perdón por los desmanes que los curas y religiosos han procurado a la
chiquillería de buena parte del mundo.
Yo, sinceramente no lo sé. Lo que
sí alcanzo a notar es un ambiente de beatífica y sonriente resignación ante los
golpes que recibimos de pequeños y todo lo contrario para cualquier cosa que
huela a cuestión relacionada con el sexo.
Buenas tardes.
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