Por si alguien no se ha dado
cuenta, estamos en mitad del invierno. Todavía toca soportar dos meses de los
de “apretada musculatura”; seguiremos echando mano del plumífero, acudiremos al
cajón donde guardamos las bufandas y
alternaremos las vestimentas que nos
alivien de andar demasiado encogidos por la calle.
El famoso sexto sentido me
advertía de que algo pasaba ahí fuera. Tenía razón, estaba nevando. A estas
alturas del calendario no tengo la más mínima duda de que el cambio climático
hace tiempo que se ha asentado en la Tierra, así que el eterno espectáculo de
la nevada, por muy pequeña que sea, por más que tan sólo sirva para ver los
copos de nieve a través de los cristales sin esperanza de que transformen las
calles negras en deslumbrantes manchas blancas, me atrae sin remedio.
Pese a todo, mi destino de hoy no
iba a ser mancillar los montes con mis pisadas. Eso lo dejo para más
adelante; seguro que Erro, Espinal,
Burguete y Orzanzurieta me esperan para un día de estos. Hoy tenía un quehacer
ineludible, sentía la necesidad de desfogarme físicamente, de sudar, de
cansarme agradablemente: iría al gimnasio.
El camino hacia la Ciudad
Deportiva me ha resultado muy ameno. Hay días en los que me gusta todo,
como hoy. Cobijado en mi automóvil no me importaba el tráfico ni los semáforos;
la música me invitaba a cantar y recordaba a mi “feliciano” favorito ¡sí,
hombre, sí! el del anuncio del Toyota
Auris Hybrid. Así iba yo por la calle: con cara de bobo y procurando no
desentonar con lo que me decía “La Bien Querida”. La nieve hace milagros.
No tengo prisa. Me cambio de ropa
con parsimonia y aparezco en la sala. No estamos muchos, hay huecos esparcidos
por las máquinas; parece como si la mayoría hubiera preferido quedarse en la
cama o detrás de las ventanas. Elijo una flamante bicicleta: la estiro de aquí,
la encojo por allá y… ¡voila! Hecha a mi medida. Son las 10,03 de la mañana y
me reflejo en el cristal de enfrente. El maromo de la derecha es pequeño de
estatura y pedalea con esmero. Hay canciones que me obligan a pedalear con
mucho empeño; no tengo ningún aparato que mida mi cadencia, pero mi compañero
debe de estar escuchando la misma canción que yo, no hay manera de dejarlo
atrás y, como diría Joaquín Sabina, nuestros vivos retratos del espejo reflejan
que vamos “a lo mismo”. Ahora tengo otro a mi izquierda que vigilar; ya somos
tres los que, moviéndonos “a todo meter”, no vamos hacia ninguna parte. Ha
transcurrido media hora y la bicicleta comienza a oler ¡me aburre estar tanto
tiempo disputando un sprint interminable
en el mismo sitio!
Os recuerdo que una de las cosas
que más se hace en los gimnasios es pasear. Paseo mientras decido cual va a ser
mi siguiente destino y, tras unos estiramientos, decido que sería bueno remar
hacia la otra orilla. Cinco minutos me ha costado llegar hasta donde quería.
¡Qué maravilla, hasta las
máquinas más solicitadas están abandonadas! así que voy hacia aquella, la que
todos los desocupados se la disputan como si artista de cine americana se
tratara. Nada del otro mundo, más o menos como todas; no sé por qué despierta
tanta expectación entre mis congéneres del género masculino. Me animo con otra
bicicleta estática y, exactamente igual a lo que me ocurrió con la anterior,
después de quince minutos me bajo en el mismo sitio en el que me había montado.
Acudo a un monstruo y me siento en ella, después de pensármelo varias veces y,
tras un intento a modo de calentamiento con 50 kgms., me atrevo a levantar 100
kilos ¡prueba superada! Otro día más.
Estiro, picoteo aquí y allá y decido
que ya va siendo hora de najarme del local. Por el camino hacia los vestuarios
veo que la piscina está gritando: ¡eh! ¡Víctor! ¡ven, apenas hay gente! Me ha
convencido y nos hemos hecho compañía. No he querido porfiar demasiado con ella
y a los 300 metros he pensado que, para primer día después de un año de no
hacerle ni caso, era suficiente como primera toma de contacto.
Este ha sido mi primer día del
año 2015 en el gimnasio. Estoy, como deseaba en el tercer párrafo de este
escrito, agradablemente cansado. Es uno de mis deseos más agradables cuando
realizo algún ejercicio físico: cansarme de manera agradable.
Hasta pronto.