jueves, 22 de enero de 2015

Cansarse de manera agradable



Por si alguien no se ha dado cuenta, estamos en mitad del invierno. Todavía toca soportar dos meses de los de “apretada musculatura”; seguiremos echando mano del plumífero, acudiremos al cajón donde  guardamos las bufandas y alternaremos las vestimentas  que nos alivien de andar demasiado encogidos por la calle.

El famoso sexto sentido me advertía de que algo pasaba ahí fuera. Tenía razón, estaba nevando. A estas alturas del calendario no tengo la más mínima duda de que el cambio climático hace tiempo que se ha asentado en la Tierra, así que el eterno espectáculo de la nevada, por muy pequeña que sea, por más que tan sólo sirva para ver los copos de nieve a través de los cristales sin esperanza de que transformen las calles negras en deslumbrantes manchas blancas, me atrae sin remedio.

Pese a todo, mi destino de hoy no iba a ser mancillar los montes con mis pisadas. Eso lo dejo para más adelante;  seguro que Erro, Espinal, Burguete y Orzanzurieta me esperan para un día de estos. Hoy tenía un quehacer ineludible, sentía la necesidad de desfogarme físicamente, de sudar, de cansarme agradablemente: iría al gimnasio.

El camino hacia la Ciudad Deportiva me ha resultado muy ameno. Hay días en los que me gusta todo, como hoy. Cobijado en mi automóvil no me importaba el tráfico ni los semáforos; la música me invitaba a cantar y recordaba a mi “feliciano” favorito ¡sí, hombre, sí! el del anuncio del Toyota Auris Hybrid. Así iba yo por la calle: con cara de bobo y procurando no desentonar con lo que me decía “La Bien Querida”. La nieve hace milagros.

No tengo prisa. Me cambio de ropa con parsimonia y aparezco en la sala. No estamos muchos, hay huecos esparcidos por las máquinas; parece como si la mayoría hubiera preferido quedarse en la cama o detrás de las ventanas. Elijo una flamante bicicleta: la estiro de aquí, la encojo por allá y… ¡voila! Hecha a mi medida. Son las 10,03 de la mañana y me reflejo en el cristal de enfrente. El maromo de la derecha es pequeño de estatura y pedalea con esmero. Hay canciones que me obligan a pedalear con mucho empeño; no tengo ningún aparato que mida mi cadencia, pero mi compañero debe de estar escuchando la misma canción que yo, no hay manera de dejarlo atrás y, como diría Joaquín Sabina, nuestros vivos retratos del espejo reflejan que vamos “a lo mismo”. Ahora tengo otro a mi izquierda que vigilar; ya somos tres los que, moviéndonos “a todo meter”, no vamos hacia ninguna parte. Ha transcurrido media hora y la bicicleta comienza a oler ¡me aburre estar tanto tiempo disputando un sprint interminable en el mismo sitio!

Os recuerdo que una de las cosas que más se hace en los gimnasios es pasear. Paseo mientras decido cual va a ser mi siguiente destino y, tras unos estiramientos, decido que sería bueno remar hacia la otra orilla. Cinco minutos me ha costado llegar hasta donde quería. 

¡Qué maravilla, hasta las máquinas más solicitadas están abandonadas! así que voy hacia aquella, la que todos los desocupados se la disputan como si artista de cine americana se tratara. Nada del otro mundo, más o menos como todas; no sé por qué despierta tanta expectación entre mis congéneres del género masculino. Me animo con otra bicicleta estática y, exactamente igual a lo que me ocurrió con la anterior, después de quince minutos me bajo en el mismo sitio en el que me había montado. Acudo a un monstruo y me siento en ella, después de pensármelo varias veces y, tras un intento a modo de calentamiento con 50 kgms., me atrevo a levantar 100 kilos ¡prueba superada! Otro día más.

Estiro, picoteo aquí y allá y decido que ya va siendo hora de najarme del local. Por el camino hacia los vestuarios veo que la piscina está gritando: ¡eh! ¡Víctor! ¡ven, apenas hay gente! Me ha convencido y nos hemos hecho compañía. No he querido porfiar demasiado con ella y a los 300 metros he pensado que, para primer día después de un año de no hacerle ni caso, era suficiente como primera toma de contacto.

Este ha sido mi primer día del año 2015 en el gimnasio. Estoy, como deseaba en el tercer párrafo de este escrito, agradablemente cansado. Es uno de mis deseos más agradables cuando realizo algún ejercicio físico: cansarme de manera agradable.

Hasta pronto.


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