Otra vez estamos en Madrid. Las
escaleras y los paseos “mecánicos” nos recuerdan; regresamos a Atocha y, así
como el otro día fueron Verónica y Jorge los que vinieron a recogernos, hoy han
sido Adrián y Raquel los “afortunados”.
En la primera ocasión, antes de
la Gran Noticia, tuvimos la oportunidad de acercarnos al Centro de Madrid. El desembarco
en la Puerta del Sol siempre asombra al provinciano: los “compradores de oro”
merodean el lugar; la fila de Doña Manolita llega más allá de Somosierra; el
vagabundo y sus cinco perros se han instalado en su soportal; Gran Bretaña ha
ocupado las mejores mesas al sol; alguno hace el “Tancredo”; hay tiendas de
sombreros; en otras venden monedas de 20 euros, de 50, de 100… de todo; la moda
de otoño hace tiempo que se vende; los primeros músculos del día salen del
gimnasio; ahí exponen tricornios; aquí se pasa pisando charcos; yo diría que
éste es el chulo de aquella. Sin entrar a ningún local la fiesta está en la
calle.
Alcanzamos la Plaza de Callao y
enseguida la Gran Vía. Probablemente todo esto tenga mucho que envidiar a Nueva
York, ¡no importa esto es Hollywood! El espectáculo continúa y gusta al
personal. Antonio López la descubrió para el mundo y ¡cuánta razón tiene!
¿Quién no ha puesto un Corte
Inglés en su vida? ¡Nadie! Llegamos arriba, a la 9ª, y Madrid se admira desde
aquí hasta “lo lejos”. Poco a poco los rojizos tejados se pierden de vista y
ahora lo que llama la atención son las cúpulas de las torres más lejanas. La
tentación se hace pelma y los pintxos se
abren paso sin remedio.
Diría que es la hora de comer y
decidimos hacerlo en forma de croquetas: desde el primer plato al postre.
Verónica se cansa y es que está a menos de lo que piensa de la Gran Noticia. ¿Y
la siesta? ¿Y el fútbol? ¿Y la merienda-cena?
Otra vez en Pamplona; enseguida
llega el jueves y con él la noticia de que se aproxima lo que ya no tiene
remedio: Nora viene y llega a las 3 del 10. Desde el 1 de marzo no ha existido
un día en que la chiquilla no haya ocupado un lugar clavado en nuestras
cabezas, y hoy, por fin, se ha dado a conocer. Que nadie espere de mí que diga
que mi nieta es guapísima, eso sería caer en la ordinariez de todos los que
rodean a los recién nacidos. Los hijos, los nietos, los sobrinos, todos son
guapísimos para sus padres, abuelos y tíos, así que, aunque mi nieta sea
guapísima, que lo es, yo en este caso no lo diré, no quiero que nadie piense
que soy un pelma. ¡Cuánta atención requiere un recién nacido y que dispuesto
está el personal para dársela! Me imagino que será algo grabado a fuego en el
ser humano porque todos, sin faltar uno, hemos mirado con cara de bobo a la
recién llegada, empujando al anterior para que deje sitio.
Las idas y venidas del hospital
dejan poco tiempo para el merodeo turístico aunque se busca y se encuentra. En
este rápido recorrido por Madrid en la segunda visita en cinco días, me
gustaría mencionar la profesionalidad con la que se manejan los hosteleros:
camareros veteranos que conocen su oficio desde siempre y otra cosa muchísimo
más desagradable: ¿Acaso en Madrid no existe el Servicio de Limpieza Municipal?
¿En los recortes del Ayuntamiento madrileño han visto una salida fácil para
ahorrar dinero? ¡Joder, cómo se desahogan los perros y cómo miran para otro
lado sus dueños!
¡Qué pena!