miércoles, 15 de octubre de 2014

La Gran Noticia: Nora



Otra vez estamos en Madrid. Las escaleras y los paseos “mecánicos” nos recuerdan; regresamos a Atocha y, así como el otro día fueron Verónica y Jorge los que vinieron a recogernos, hoy han sido Adrián y Raquel los “afortunados”.

En la primera ocasión, antes de la Gran Noticia, tuvimos la oportunidad de acercarnos al Centro de Madrid. El desembarco en la Puerta del Sol siempre asombra al provinciano: los “compradores de oro” merodean el lugar; la fila de Doña Manolita llega más allá de Somosierra; el vagabundo y sus cinco perros se han instalado en su soportal; Gran Bretaña ha ocupado las mejores mesas al sol; alguno hace el “Tancredo”; hay tiendas de sombreros; en otras venden monedas de 20 euros, de 50, de 100… de todo; la moda de otoño hace tiempo que se vende; los primeros músculos del día salen del gimnasio; ahí exponen tricornios; aquí se pasa pisando charcos; yo diría que éste es el chulo de aquella. Sin entrar a ningún local la fiesta está en la calle.


Alcanzamos la Plaza de Callao y enseguida la Gran Vía. Probablemente todo esto tenga mucho que envidiar a Nueva York, ¡no importa esto es Hollywood! El espectáculo continúa y gusta al personal. Antonio López la descubrió para el mundo y ¡cuánta razón tiene!

¿Quién no ha puesto un Corte Inglés en su vida? ¡Nadie! Llegamos arriba, a la 9ª, y Madrid se admira desde aquí hasta “lo lejos”. Poco a poco los rojizos tejados se pierden de vista y ahora lo que llama la atención son las cúpulas de las torres más lejanas. La tentación se hace pelma y los pintxos se abren paso sin remedio. 

Diría que es la hora de comer y decidimos hacerlo en forma de croquetas: desde el primer plato al postre. Verónica se cansa y es que está a menos de lo que piensa de la Gran Noticia. ¿Y la siesta? ¿Y el fútbol? ¿Y la merienda-cena? 

Otra vez en Pamplona; enseguida llega el jueves y con él la noticia de que se aproxima lo que ya no tiene remedio: Nora viene y llega a las 3 del 10. Desde el 1 de marzo no ha existido un día en que la chiquilla no haya ocupado un lugar clavado en nuestras cabezas, y hoy, por fin, se ha dado a conocer. Que nadie espere de mí que diga que mi nieta es guapísima, eso sería caer en la ordinariez de todos los que rodean a los recién nacidos. Los hijos, los nietos, los sobrinos, todos son guapísimos para sus padres, abuelos y tíos, así que, aunque mi nieta sea guapísima, que lo es, yo en este caso no lo diré, no quiero que nadie piense que soy un pelma. ¡Cuánta atención requiere un recién nacido y que dispuesto está el personal para dársela! Me imagino que será algo grabado a fuego en el ser humano porque todos, sin faltar uno, hemos mirado con cara de bobo a la recién llegada, empujando al anterior para que deje sitio.


Las idas y venidas del hospital dejan poco tiempo para el merodeo turístico aunque se busca y se encuentra. En este rápido recorrido por Madrid en la segunda visita en cinco días, me gustaría mencionar la profesionalidad con la que se manejan los hosteleros: camareros veteranos que conocen su oficio desde siempre y otra cosa muchísimo más desagradable: ¿Acaso en Madrid no existe el Servicio de Limpieza Municipal? ¿En los recortes del Ayuntamiento madrileño han visto una salida fácil para ahorrar dinero? ¡Joder, cómo se desahogan los perros y cómo miran para otro lado sus dueños!

¡Qué pena!

lunes, 6 de octubre de 2014

El tren, las maletas y... Madrid



Voy a Madrid en el tren y me gusta. Los pasajeros no tienen la apariencia de la “la gente que sabe” que decía Amancio Prada. A mediados del siglo XX los viajeros compartían las viandas en el tren y eso sospecho que, de alguna manera, perdura en nuestros días y hace que sea más llevadero que viajar en avión. 





Los “aviadores” siempre han tenido un toque de distinción que les hace superiores respecto a los “ferroviarios”. ¿Quién no ha visto con admiración pasear por Barajas o Noain a la tripulación de tal o cual vuelo con sus uniformes repletos de galones, pelo cortado a la última y, unos pasos más atrás, la cohorte de azafatas cerrando el grupo? ¿Alguien se imagina a un humilde conductor de tren paseando por la Estación del Norte de Pamplona seguido por un señor vestido de Cortefiel llevando una maleta con ruedas? 

Precisamente ahí se me ocurre la primera de las diferencias entre ambos grupos de pilotos: el pobre ferroviario acompañado del “pica”, llevaría una maleta con ruedas; el esbelto comandante del vuelo HIJK 512 con destino a Sondika llevaría un “trolley” de la renombrada marca Samsonite, con cierre a distancia, agua, luz y electricidad y mando electrónico. Lo dicho, donde esté el tren que se quite el avión.

Son las tres y media de la tarde y cinco minutos más tarde, justo a la hora, se pone en marcha el tren Alvia con destino a Atocha. Hace sol y resulta atractivo descubrir sitios que domina sólo el tren. Salimos de Pamplona por lugares que nadie frecuenta; los coches hacen ruido por la autovía, los andarines andan por arriba, la vegetación respeta escrupulosamente el margen de la vía y nosotros, en el tren, giramos alrededor de Barañain camino del Sur. No tengo el menor problema para situarme en el mapa, pero resulta que a La Ribera, toda mi vida antes de que hubiera circunvalaciones por los pueblos, he ido por la N-121 y ahora los descubro por la retaguardia.

Todavía no hemos dejado atrás la Sierra de Alaiz y me ofrecen un buen surtido de periódicos. Hace muy poco tiempo, en medio de la crisis, en el relativo corto trayecto a Madrid, la Renfe tenía la buena costumbre de amenizarlo con una liturgia digna de elogio: la mitad de las tres horas de viaje lo ocupábamos en elegir la prensa del día, en atender a la azafata cuando requería su atención ofreciendo auriculares para seguir en silencio la película del día; después de un  tiempo perfectamente medido, la misma azafata ofrecía una toalla caliente que servía para limpiar las manos de los restos de tinta del diario deportivo “Marca” o el suficiente “El País” o el descubridor de pufos “El Mundo” o el de siempre “ABC” o la sinrazón de “La Razón” o de la tía buena del “AS”. 

Cuando pensabas que podía ser el momento oportuno de echar una siesta, otra vez venía la susodicha para, en este caso, recoger la servilleta “fría” con los restos de tinta, y es que la higiene es necesaria para comer, merendar o cenar (según la hora del día). Después de un sencillo aperitivo… ¡sí! era hora de comer y se podía elegir entre un menú frío y otro caliente. Al rato recogían los restos de la comida y, por fin, te dejaban tranquilo. Habían transcurrido cerca de dos horas desde la partida y ya tenías que empezar a pensar en recuperar la maleta porque estábamos a las puertas del Botánico de Atocha.

Ahora todo eso se ha restringido; sólo la Renfe ofrece un mísero periódico y, en el supuesto de que te apeteciera algo, pongamos por caso un vaso de agua, la pagas y “a tomar por saco” ¡cabrón! ¿acaso no te has enterado de que estamos en plena crisis y que ya está bien de gorronear? ¿qué quieres, que por el mismo precio que pagabas el otro día te demos de comer y encima te limpies las manos? ¿acaso no ves que hemos tenido que suprimir las azafatas por señores que están próximos a la jubilación?

En el Diario leo que el tren gana terreno al avión y las estadísticas dicen bien a las claras que los navarros viajamos a la capital mucho más contentos en el Alvia que en el Juan Sebastián Elcano. Mi opinión es que si algo funciona correctamente hay que potenciarlo para que siga subiendo como la espuma y no rebajarlo a costa de la “cuenta de resultados” quitando servicios que imprimen distinción. Así, en lugar de llevar 5 vagones, tener la necesidad de ampliarlos a 6, a 7 o hasta donde sea ¡ah! y no tener más remedio que hacer llegar a Pamplona el Ave porque había tortas por viajar en él ¡No! han preferido rebañar en servicios para seguir ganando más. ¡Una pena!

Después de este inciso vuelvo a mi viaje que ahora resulta mucho más largo y pesado que antes: La película de dibujos animados resulta insufrible; el paisaje, poco a poco, se apaga; los periódicos son devorados hasta en la sección de “pasatiempos”; la batería del iPhone se agota y el culo sufre más que en una sesión de entrenamiento de cuatro horas por Ultzama.

En la última hora del viaje me distraigo observando el “paseo” de tres maletas que, aburridas de viajar en su cubil, deciden explorar por las cercanías y distraídas van desde el WC hasta la puerta de salida, vuelven hasta el “maletero” y, de vez en cuando, algún viajero con ganas de desocupar o “la azafata”, con desgana, las sitúa de mala manera en “donde corresponde”.

Cosas de las maletas.