Voy a Madrid en el tren y me
gusta. Los pasajeros no tienen la apariencia de la “la gente que sabe” que
decía Amancio Prada. A mediados del siglo XX los viajeros compartían las
viandas en el tren y eso sospecho que, de alguna manera, perdura en nuestros
días y hace que sea más llevadero que viajar en avión.
Los “aviadores” siempre han
tenido un toque de distinción que les hace superiores respecto a los “ferroviarios”.
¿Quién no ha visto con admiración pasear por Barajas o Noain a la tripulación
de tal o cual vuelo con sus uniformes repletos de galones, pelo cortado a la
última y, unos pasos más atrás, la cohorte de azafatas cerrando el grupo? ¿Alguien
se imagina a un humilde conductor de tren paseando por la Estación del Norte de
Pamplona seguido por un señor vestido de Cortefiel llevando una maleta con
ruedas?
Precisamente ahí se me ocurre la
primera de las diferencias entre ambos grupos de pilotos: el pobre ferroviario
acompañado del “pica”, llevaría una maleta con ruedas; el esbelto comandante
del vuelo HIJK 512 con destino a Sondika llevaría un “trolley” de la renombrada
marca Samsonite, con cierre a distancia, agua, luz y electricidad y mando electrónico.
Lo dicho, donde esté el tren que se quite el avión.
Son las tres y media de la tarde
y cinco minutos más tarde, justo a la hora, se pone en marcha el tren Alvia con destino a Atocha. Hace sol y
resulta atractivo descubrir sitios que domina sólo el tren. Salimos de Pamplona
por lugares que nadie frecuenta; los coches hacen ruido por la autovía, los
andarines andan por arriba, la vegetación respeta escrupulosamente el margen de
la vía y nosotros, en el tren, giramos alrededor de Barañain camino del Sur. No
tengo el menor problema para situarme en el mapa, pero resulta que a La Ribera,
toda mi vida antes de que hubiera circunvalaciones por los pueblos, he ido por
la N-121 y ahora los descubro por la retaguardia.
Todavía no hemos dejado atrás la
Sierra de Alaiz y me ofrecen un buen surtido de periódicos. Hace muy poco
tiempo, en medio de la crisis, en el relativo corto trayecto a Madrid, la Renfe
tenía la buena costumbre de amenizarlo con una liturgia digna de elogio: la
mitad de las tres horas de viaje lo ocupábamos en elegir la prensa del día, en
atender a la azafata cuando requería su atención ofreciendo auriculares para
seguir en silencio la película del día; después de un tiempo perfectamente medido, la misma azafata
ofrecía una toalla caliente que servía para limpiar las manos de los restos de
tinta del diario deportivo “Marca” o el suficiente “El País” o el descubridor
de pufos “El Mundo” o el de siempre “ABC” o la sinrazón de “La Razón” o de la
tía buena del “AS”.
Cuando pensabas que podía ser el
momento oportuno de echar una siesta, otra vez venía la susodicha para, en este
caso, recoger la servilleta “fría” con los restos de tinta, y es que la higiene
es necesaria para comer, merendar o cenar (según la hora del día). Después de
un sencillo aperitivo… ¡sí! era hora de comer y se podía elegir entre un menú
frío y otro caliente. Al rato recogían los restos de la comida y, por fin, te
dejaban tranquilo. Habían transcurrido cerca de dos horas desde la partida y ya
tenías que empezar a pensar en recuperar la maleta porque estábamos a las
puertas del Botánico de Atocha.
Ahora todo eso se ha restringido;
sólo la Renfe ofrece un mísero periódico y, en el supuesto de que te apeteciera
algo, pongamos por caso un vaso de agua, la pagas y “a tomar por saco” ¡cabrón!
¿acaso no te has enterado de que estamos en plena crisis y que ya está bien de
gorronear? ¿qué quieres, que por el mismo precio que pagabas el otro día te
demos de comer y encima te limpies las manos? ¿acaso no ves que hemos tenido
que suprimir las azafatas por señores que están próximos a la jubilación?
En el Diario leo que el tren gana
terreno al avión y las estadísticas dicen bien a las claras que los navarros
viajamos a la capital mucho más contentos en el Alvia que en el Juan Sebastián
Elcano. Mi opinión es que si algo funciona correctamente hay que
potenciarlo para que siga subiendo como la espuma y no rebajarlo a costa de la “cuenta
de resultados” quitando servicios que imprimen distinción. Así, en lugar de
llevar 5 vagones, tener la necesidad de ampliarlos a 6, a 7 o hasta donde sea
¡ah! y no tener más remedio que hacer llegar a Pamplona el Ave porque había tortas por viajar en él ¡No! han preferido rebañar
en servicios para seguir ganando más. ¡Una pena!
Después de este inciso vuelvo a
mi viaje que ahora resulta mucho más largo y pesado que antes: La película de
dibujos animados resulta insufrible; el paisaje, poco a poco, se apaga; los
periódicos son devorados hasta en la sección de “pasatiempos”; la batería del
iPhone se agota y el culo sufre más que en una sesión de entrenamiento de
cuatro horas por Ultzama.
En la última hora del viaje me
distraigo observando el “paseo” de tres maletas que, aburridas de viajar en su
cubil, deciden explorar por las cercanías y distraídas van desde el WC hasta la puerta de salida, vuelven hasta el “maletero” y, de vez en cuando,
algún viajero con ganas de desocupar o “la azafata”, con desgana, las sitúa de
mala manera en “donde corresponde”.
Cosas de las maletas.
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