Alguna vez he oído por
ahí que las buenas noticias no venden. Tal vez tengan razón, pero
me gustaría poder escribir en positivo con el riesgo de que nadie
leyera estas historias y, a cambio, pasear por el pueblo como
sospecho que lo hacen en los países del norte de Europa o en Japón
sin ir más lejos: con todo en su sitio y limpio.
Apuesto a que nunca
llegará el día en que vea los jardines, de los que tanto nos gusta
alardear, cuidados, con el verde a reventar, sin colillas incrustadas
en el borde del camino y sin restos de botellas que, cumpliendo con
el rito de la borrachera, se rompen en los delirios de fin de semana.
Me he fijado que muchos
fumadores tiran al suelo las cajetillas vacías de tabaco sin
importarles un pijo que haya una papelera dos pasos más allá. ¡Qué
pena!
También me llama la
atención la despreocupación que se tiene en desprenderse de los
envoltorios de comida: bolsas, celofanes, cajas de cartón, etc. Una
vez que se abre ¿para qué sirve algo tan pringoso? ¡Para tirarlo
al suelo! ¡Con dos cojones!
Las cosas se degradan,
hay que cuidarlas si no queremos que se desmoronen y se conviertan en
ruinas. ¡Cuánto me agradaría ver que el Ayuntamiento ha ampliado
su brigada de obreros para que los adoquines se repongan sin darles
tiempo a que desaparezcan de su lugar; que los escalones de la cuesta
del Club Natación se arreglen antes de que las inclemencias del
tiempo los fulminen; que los ríos estén limpios! Sí, cuánto me
gustaría, pero es tan difícil que eso suceda que no corro el riesgo
de anunciar tan mojigatas noticias.
¡Oye, cuánto se escupe
en Pamplona! ¿Qué pasa, es el mal ejemplo de los jugadores de
fútbol?
¿Quién no ha oído eso
de que “las cosas, si breves, dos veces buenas”? Así que no
pienso alargarme más por hoy dando la vara sobre cuestiones que
existen y que me gustaría que desaparecieran para no poder vender ni
una, ni una sola noticia buena.
Hasta pronto.
Bs.