martes, 23 de diciembre de 2014

De pescateras, de kleenex y de miseria humana



Hace tanto frío, hay tanta niebla que decido forrarme de ropa y salir a la calle con la música en las orejas.


Comienza la rutina de los días de paseo. Elijo el primer semáforo en verde y él me dirige hasta el siguiente cruce. Un conductor me cede el paso; parece que empieza bien la cosa.


Sé que es raro pero voy tieso como un palo y medio encogido por el frío a la vez. ¡Así no se puede!


Paso por delante de una pescadería y me hace gracia la tendera. Va vestida como lo haría cualquier vendedora de pescado: botas de goma que antiguamente fueron de color verde; pantalones de un chandall que hace tiempo era de color azul; chaquetilla de color blanco que siempre ha sido blanco y guantes de goma hasta los codos. Agarra con decisión la persiana del escaparate y empuja hacia arriba. Se nota que tiene mucha experiencia en esta maniobra pues el rollo metálico se esconde sin dudar en el cajetín superior del marco. 


Me alejo a buen paso y, de repente, me asalta una idea: ¿esos guantes serán los mismos que emplea para limpiar los rapes, las merluzas, los gallos…, todo? ¿Esos mismos guantes serán los mismos con los que, sin quitárselos, recoge el billete de 50 euros de la clienta y le devuelve 7 con 35? ¡Me temo que sí! Creo que la pescatera, a la manera de escrupuloso cirujano, lleva estas cubiertas de goma o de PVC, o tal vez de látex, como medida higiénica no sé para quién, si para ella o para los clientes. Pero me temo que, después de semejante trajín, es que quiere preservar sus cuidadas manos de la porquería de tantos y tantos pescados que diariamente pasan por sus manos, de tantos y tantos billetes de 5, 10, 20, 50 y 100 euros que maneja a cambio de marisco y, no nos olvidemos, de subir y bajar de manera certera la persiana metálica.


Con la tontería de la pulcritud marinera no me he dado cuenta de que acabo de darle un buen bocado a mi paseo matinal hasta que, al llegar a un cuidado jardín, veo que alguien, 'descuidadamente', ha tirado unos cuantos kleenex a la hierba. Me imagino que habrá tenido alguna urgencia ineludible, pues el blanco cubre el verde. Recuerdo que, en una de mis últimas peregrinaciones a Santiago de Compostela, pude llegar perfectamente a mi destino siguiendo la ruta que me marcaban los pañuelitos blancos que tan cariñosamente iban arrojando los que me precedían a manera de competencia con las flechas amarillas.


A estas alturas ya no tengo frío. Si me parara, alguno pensaría que me estaba quemando. Decido que no es conveniente hacerlo y alcanzo a sucesivos solitarios con perro y a grupos de marchadoras que no pueden escapar.


Hay canciones que me pausan el ritmo y otras que lo aceleran a modo de marcha militar. 

Atravieso el barrio de La Magdalena y me adentro en La Rochapea. Un café con palmera y el periódico son suficientes para decidir que me vuelvo por el mismo camino, pero esta vez acortando por el Casco Viejo de mi pueblo. Aprovecho el ascensor y aparezco en Descalzos. La calle Eslava me deja en mi calle Mayor y aprovecho para visitar el Palacio del Condestable. Parece mentira cuán grande puede llegar a ser la miseria humana. La exposición fotográfica me hace ver la pobreza de los hombres adquirida por su gran creación: la guerra.


Y yo hablando de guantes, de pescateras y de kleenex.


Hasta luego.




viernes, 28 de noviembre de 2014

Mi primera visita del año al gimnasio



De manera periódica, sin necesidad de una puntualidad exacta, acudo al gimnasio. Estos días otoñales, casi invernales, son  ideales para cobijarse y olvidarse de las carreteras y campos.

Me recibe el tufillo inconfundible a “sudado reconcentrado”. No tengo motivos para reproches, al fin y al cabo dentro de breves momentos yo mismo seré una fábrica cooperante en la labor de mantener el aroma. Aún se ven huecos en los aparatos, todavía la actividad está a bajo rendimiento; solamente los jubilados y amas de casa dominadoras del horario matinal disputan sin apuros el sitio a jóvenes desocupados.

No tengo la menor duda de que Pamplona no es América y de que en la Ciudad Deportiva no se rueda ninguna película de acción. Parece que los navarros somos pudorosos a la hora de enseñar la musculatura y mantenemos nuestros secretos ocultos bajo amplias camisetas. Los veteranos tampoco tienen mayor preocupación en calzar zapatillas fabricadas en Arnedo, dejando de lado las modas de las “multinacionales” del calzado. Las mujeres lucen caderas sin reparo y algunas luchan con la promesa de recuperar lo irrecuperable. 

Hay un ruido incesante; poco a poco me doy cuenta de que las máquinas de correr marcan un ritmo machacón a cada zancada de los maratonianos y que sirve para guiar a los remeros de al lado. Los ciclistas de las “estáticas” siguen sin avanzar, igual que el año pasado, pero el empeño es cruel y exige su correspondiente charco de sudor en los manillares y en el suelo.

¿Qué sería de aquellos si, distraídamente, no leyeran el periódico mientras pedalean relajadamente en sus asientos? La oferta es variada y va desde los clásicos libros a las manoseadas revistas, pasando por la prensa diaria; algún iBook asoma y diría que aquel se atreve con un sudoku. 

Son pocas pero exquisitas. Me refiero a las personas que dominan la técnica de la gimnasia en todas sus especialidades: la rancia sueca, la valorada pilates, los actualizados estiramientos, las tiránicas flexiones, las torturadoras posturas que sirven para hacer temblar al cuerpo de manera parkinsiana. Los hay que apenas se mueven, su actividad se manifiesta en estar quieto en ratos prolongados mientras adoptan estatuisticas figuras de difícil consecución.

La moda del tatuaje también tiene su sitio en el Gym y ¡sí! esos sí hay que enseñarlos… con moderación pero hay que lucirlos: los de los brazos con camisetas de manga corta; los de los hombros con tirantes; si se sitúan en la zona lumbar, una de dos, bajamos los pantalones o acortamos la minúscula camiseta; tatoo en los gemelos, pantalón hasta las rodillas; tatoo en la cabeza, corte de pelo al cero acompañado de dilataciones en las orejas. He leído por ahí que hay gente que lleva tatuajes en lugares íntimos y que, por ahora, no han pensado en exhibirlos en el gimnasio al que acudo. Cada cual es muy libre de guardar su intimidad y yo lo respeto.

Ninguna máquina del gimnasio, que yo sepa, está diseñada como ingenio de tortura, pero a la vista de la seriedad o apuro que todos los que nos subimos a ellas reflejamos en el rostro me hacen dudar de lo que aseguro: algunas sirven para levantar con las piernas cargas superiores a los 200 kgs; otras para potenciar muslos, lumbares, pectorales, brazos… ¡qué sé yo! ¡Todo y más! ¿Me olvido de las clásicas pesas? ¡No! Ahí están, un poco arrinconadas, pero existen dispuestas a quejarse con su ruido inconfundible al apoyarlas en el suelo.

Yo, entre bicicletas, remos, máquinas y estiramientos he completado mi primera sesión acompañado de mi música como siempre.

Hasta pronto.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Paseo Fluvial de la Comarca de Pamplona



Si no existiera, habría que inventarlo. No estaba y lo construyeron, lo inventaron. Me estoy refiriendo al Paseo Fluvial de la Comarca de Pamplona. Comienza en donde cualquier vecino quiera; unos prefieren en Barañain, otros en San Jorge, en la Rochapea, por La Magdalena; algunos bajan por la picarra de la antigua gasolinera del Seminario; los de Mendillorri tienen la puerta abierta en Burlada. No hay celos de propiedad en los vecinos de Burlada con los de Villava y Huarte para llegar hasta Iroz. Hay ramificaciones que atraviesan Arre y llegan a Sorauren, otras quieren adentrarse por el río Elorz y no sé si lo consiguen.


Bien, este paseo recoge sin descanso y con humildad los deshechos que los doctores han aconsejado a los pamploneses tirar por la borda. Digamos que se trata de una “ruta del colesterol” cualquiera. No importa que tal o cual día pretenda ser el primero de la clase y me vista de atleta para inaugurarlo ¡no! Es imposible. Siempre está ocupado: unos porque se retiran (los noctámbulos) otros porque se despiertan. Mi amigo Juanjo les suele comentar que “el andar engorda” y debe de ser verdad, pues a las vistas me remito.


La fauna de “okupas” podría enmarcarla en los siguientes grupos: 

Feriantes. Por "sanfermines".
Hortelanos. Antiguamente había muchísimos más, pero siguen existiendo.

-     Korrikolaris. Atletas que hollan sin piedad el resistente cemento o el agradable verde de la hierba.

-    Ciclistas. Chirrindularis que se refugian en la cercanía de sus casas en los días en que la lluvia amenaza.

-    Marchadores.  Gente que, solos o en pequeños grupos, mantiene su buena forma física oyendo música o poniendo el mundo en su sitio.

-    Marchadoras. Personas que, a diferencia del grupo anterior, son del género femenino y hacen exactamente lo mismo que los masculinos, pero son perfectamente distinguibles unos de otros.

-     Perros. Animales de toda clase y condición que, acompañados de sus dueños, olisquean las hierbas en busca de territorios perdidos.

-    Sexagenarios. Personas que, a buen paso, buscan el siguiente retrete para descargar su urgente necesidad.

-    Escolares. Alumnos y profesores con ganas de aprender y de enseñar que los árboles son dignos de respeto, que las hierbas tienen su nombre, que unos animalillos huyen asustados y otros vuelan con desparpajo.

-     Buscadores de tesoros. ¡Sí! buscadores de cualquier fruta silvestre que el camino regala a quien lo quiera recoger.

-     Celebrantes. Gente con ganas de reunirse y, de paso, almorzar, comer, merendar y cenar.

-  Pescadores. Deportistas que pescan simples pececillos de río, pertrechados como si acudieran a la captura del atún rojo cuan vulgares almadraberos se tratara.

-  Peregrinos a Santiago. Gente despistada que deja de lado su camino natural para aventurarse en nuestro lugar.

-      Profesionales. Trabajadores al cuidado de las abundantes praderas.

-     Gimnastas. Ancianos que hace tiempo han amortizado las instalaciones de los parques de gimnasia que antiguamente se instalaron.

-    Remeros. Otra clase de deportistas que, a diferencia de todos los anteriores, prefieren adentrarse en las aguas del río Arga y… remar.

-    Pelotaris. Deportistas que aprovechan el frontón de la Biurdana para jugar a pelota sin descanso.



-       Fotógrafos. Artistas de la fotografía que florecen sin cesar.




Es probable que me haya olvidado de alguno, pido disculpas y, por favor, hacédmelo saber y lo corrijo en un momento.


Hasta otra.