viernes, 28 de noviembre de 2014

Mi primera visita del año al gimnasio



De manera periódica, sin necesidad de una puntualidad exacta, acudo al gimnasio. Estos días otoñales, casi invernales, son  ideales para cobijarse y olvidarse de las carreteras y campos.

Me recibe el tufillo inconfundible a “sudado reconcentrado”. No tengo motivos para reproches, al fin y al cabo dentro de breves momentos yo mismo seré una fábrica cooperante en la labor de mantener el aroma. Aún se ven huecos en los aparatos, todavía la actividad está a bajo rendimiento; solamente los jubilados y amas de casa dominadoras del horario matinal disputan sin apuros el sitio a jóvenes desocupados.

No tengo la menor duda de que Pamplona no es América y de que en la Ciudad Deportiva no se rueda ninguna película de acción. Parece que los navarros somos pudorosos a la hora de enseñar la musculatura y mantenemos nuestros secretos ocultos bajo amplias camisetas. Los veteranos tampoco tienen mayor preocupación en calzar zapatillas fabricadas en Arnedo, dejando de lado las modas de las “multinacionales” del calzado. Las mujeres lucen caderas sin reparo y algunas luchan con la promesa de recuperar lo irrecuperable. 

Hay un ruido incesante; poco a poco me doy cuenta de que las máquinas de correr marcan un ritmo machacón a cada zancada de los maratonianos y que sirve para guiar a los remeros de al lado. Los ciclistas de las “estáticas” siguen sin avanzar, igual que el año pasado, pero el empeño es cruel y exige su correspondiente charco de sudor en los manillares y en el suelo.

¿Qué sería de aquellos si, distraídamente, no leyeran el periódico mientras pedalean relajadamente en sus asientos? La oferta es variada y va desde los clásicos libros a las manoseadas revistas, pasando por la prensa diaria; algún iBook asoma y diría que aquel se atreve con un sudoku. 

Son pocas pero exquisitas. Me refiero a las personas que dominan la técnica de la gimnasia en todas sus especialidades: la rancia sueca, la valorada pilates, los actualizados estiramientos, las tiránicas flexiones, las torturadoras posturas que sirven para hacer temblar al cuerpo de manera parkinsiana. Los hay que apenas se mueven, su actividad se manifiesta en estar quieto en ratos prolongados mientras adoptan estatuisticas figuras de difícil consecución.

La moda del tatuaje también tiene su sitio en el Gym y ¡sí! esos sí hay que enseñarlos… con moderación pero hay que lucirlos: los de los brazos con camisetas de manga corta; los de los hombros con tirantes; si se sitúan en la zona lumbar, una de dos, bajamos los pantalones o acortamos la minúscula camiseta; tatoo en los gemelos, pantalón hasta las rodillas; tatoo en la cabeza, corte de pelo al cero acompañado de dilataciones en las orejas. He leído por ahí que hay gente que lleva tatuajes en lugares íntimos y que, por ahora, no han pensado en exhibirlos en el gimnasio al que acudo. Cada cual es muy libre de guardar su intimidad y yo lo respeto.

Ninguna máquina del gimnasio, que yo sepa, está diseñada como ingenio de tortura, pero a la vista de la seriedad o apuro que todos los que nos subimos a ellas reflejamos en el rostro me hacen dudar de lo que aseguro: algunas sirven para levantar con las piernas cargas superiores a los 200 kgs; otras para potenciar muslos, lumbares, pectorales, brazos… ¡qué sé yo! ¡Todo y más! ¿Me olvido de las clásicas pesas? ¡No! Ahí están, un poco arrinconadas, pero existen dispuestas a quejarse con su ruido inconfundible al apoyarlas en el suelo.

Yo, entre bicicletas, remos, máquinas y estiramientos he completado mi primera sesión acompañado de mi música como siempre.

Hasta pronto.

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