Hace tanto frío, hay tanta niebla
que decido forrarme de ropa y salir a la calle con la música en las orejas.
Comienza la rutina de los días de
paseo. Elijo el primer semáforo en verde y él me dirige hasta el siguiente
cruce. Un conductor me cede el paso; parece que empieza bien la cosa.
Sé que es raro pero voy tieso como un palo y medio
encogido por el frío a la vez. ¡Así no se puede!
Paso por delante de una
pescadería y me hace gracia la tendera. Va vestida como lo haría cualquier
vendedora de pescado: botas de goma que antiguamente fueron de color verde;
pantalones de un chandall que hace
tiempo era de color azul; chaquetilla de color blanco que siempre ha sido
blanco y guantes de goma hasta los codos. Agarra con decisión la persiana del
escaparate y empuja hacia arriba. Se nota que tiene mucha experiencia en esta
maniobra pues el rollo metálico se esconde sin dudar en el cajetín superior del
marco.
Me alejo a buen paso y, de
repente, me asalta una idea: ¿esos
guantes serán los mismos que emplea para limpiar los rapes, las merluzas, los
gallos…, todo? ¿Esos mismos guantes serán los mismos con los que, sin quitárselos,
recoge el billete de 50 euros de la clienta y le devuelve 7 con 35? ¡Me
temo que sí! Creo que la pescatera, a la manera de escrupuloso cirujano, lleva
estas cubiertas de goma o de PVC, o tal vez de látex, como medida higiénica no
sé para quién, si para ella o para los clientes. Pero me temo que,
después de semejante trajín, es que quiere preservar sus
cuidadas manos de la porquería de tantos y tantos pescados que diariamente pasan
por sus manos, de tantos y tantos billetes de 5, 10, 20, 50 y 100 euros que maneja
a cambio de marisco y, no nos olvidemos, de subir y bajar de manera certera la
persiana metálica.
Con la tontería de la pulcritud
marinera no me he dado cuenta de que acabo de darle un buen bocado a mi paseo
matinal hasta que, al llegar a un cuidado jardín, veo que alguien,
'descuidadamente', ha tirado unos cuantos kleenex
a la hierba. Me imagino que habrá tenido alguna urgencia ineludible, pues
el blanco cubre el verde. Recuerdo que, en una de mis últimas peregrinaciones a
Santiago de Compostela, pude llegar perfectamente a mi destino siguiendo la
ruta que me marcaban los pañuelitos blancos que tan cariñosamente iban
arrojando los que me precedían a manera de competencia con las flechas
amarillas.
A estas alturas ya no tengo frío.
Si me parara, alguno pensaría que me estaba quemando. Decido que no es
conveniente hacerlo y alcanzo a sucesivos solitarios con perro y a grupos de
marchadoras que no pueden escapar.
Hay canciones que me pausan el
ritmo y otras que lo aceleran a modo de marcha militar.
Y yo hablando de guantes, de
pescateras y de kleenex.
Hasta luego.
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