Supongo que nadie me creería si le dijera que en la mili soporté temperaturas de -20º, pero es verdad. Alguna vez lo he comentado con compañeros de campamento y me han sacado de mi error: no sé, es que estoy hablando en negativo y no sé si más es menos o menos es más. Lo cierto es que llegué a Araca un día de enero vestido con unos pantalones acampanados de color granate, unos pisamierdas y minipull. Pronto empezó a nevar y todo el ropaje me parecía poco. Mi imagen discotequera desapareció y me transformé en recluta repleto de sabañones y preparado para soportar el invierno alavés.
Estoy contando esto porque llevamos un tiempo con un clima asqueroso en Pamplona. Primero vino la lluvia con días y días de visita y nos dejó la ciudad hecha un asco, no sé de quien es la culpa, si del Ayuntamiento y o de la Confederación Hidrográfica del Ebro, lo cierto es que tenemos unas orillas del Arga plenas de porquería. Después llegaron las nieblas y ahora gozamos de temperaturas por debajo del 0 y que llegan a -5º. Los ciudadanos nos vestimos de invierno y nadie se acuerda de lo que era vestirse de bailarín de discoteca, así que tengo casi olvidado el ciclismo y me dedico a andar. Lo malo que tiene esta actividad es que los paisajes pasan muy lentos y me da tiempo a criticar casi todo lo que veo: la basura, los grafitis, las mascarillas perdidas, los gordos que juegan al futbol en la Vuelta del Castillo con la pretensión de quitarse treinta kilos de cordero, gorrín, mazapán y vinos, transformados en grasa.
Ahora estamos en plena
moda de mirar mal, ¡sí!, como suena: mirar mal. Las normas dicen
que tenemos la obligación de ponernos la mascarilla aunque estemos
circulando al aire libre y nos estamos convirtiendo en talibanes de
la norma o transguesores, según nos vaya en ella. Si cuando subo una
cuesta con 75 empinados escalones llego al final con el corazón en
la boca y la respiración sin control, me encuentro con la necesidad
de quitarme la mascarilla y arriba está un talibán pasando revista
a los que no tenemos más remedio que quitarnos el trapo so pena de
muerte, el pollo nos mirará con gesto de desagrado y acordándose de
nuestros padres. Si, por el contrario, el que coincide que pasa por
el último de los peldaños no es un talibán, sino un chulo
negacionista, mirará hacia San Donato con gesto altivo y llevando un
letrero en la cara que dirá: eres un gilipollas! Y yo juego al
tenis!
Tengo unas ganas terribles de que el tiempo amaine y pueda volver a mi rutina ciclista, no pido mucho, con una temperatura de 10º grados me conformo, de lo contrario me convertiré en un cascarrabias y no quiero; me gusta ser amable y disculpar a todos los pobrecicos chavales que me ensucian la Vuelta del Castillo, que pierden las mascarillas, que rompen las botellas en los carriles bici, que pegan palizas a los desalmados que van por Pamplona de noche, a los que me miran mal y a los que me obvian, quiero, sencillamente, poder andar en bici sin frio.
Bs.