miércoles, 25 de febrero de 2015

Las reinas del gimnasio



Creo que en alguna ocasión he comentado cuales son las actividades que se pueden desarrollar en un gimnasio. A riesgo de resultar pesado, me gustaría resumir, con los ojos de un inexperto, aquello que veo cada vez que me asomo al de la Ciudad Deportiva Amaya.

Es probable que se trate de algo pasajero, pero últimamente no huele tan mal; tal vez sea debido a que me haya acostumbrado al olor a sudor y lo tenga asumido al igual que el burro a los palos.

Todos tenemos una serie de aparatos gimnásticos en los que nos sentimos más cómodos que en otros. Unos andan sin descanso para llegar a ninguna parte; otros reman con similar destino; algunos emulan a los prisioneros de las cárceles de películas norteamericanas y revientan sus brazos con  venas deformadas. Siempre me han llamado la atención los que pasean mientras se deciden por su tortura favorita; muchos aprovechan su relajada actividad para leer revistas atrasadas que otras almas previsoras se preocupan de suministrar al personal; ciclistas que, hartos de no poder secar sus bicicletas, agotan las posibilidades de las “estáticas” para juntarse con los andarines y remeros de la sala exactamente en el mismo lugar en el que empezaron y no se movieron.

Las fisonomías de cada uno de los gimnastas se pueden agrupar en los siguientes grupos: gente joven a la que todavía no le ha atacado la grasa y pasea diminutas cinturas que soportan voluminosas cajas torácicas armadas de hercúleos brazos; más gente joven que, advertidos de su dejadez, pretenden asociarse al grupo de los primeros lo más pronto posible; jubilados del género masculino a los que el tiempo se les acaba y pretenden arreglar el desaguisado de sus 45 años de trabajo; jubiladas que, de manera pausada, armadas de gafas “anti vista cansada” leen en sus iBook las novedades del mercado mientras pasean en sus cintas sin fin; vigoréxicas que, tal vez azuzadas por la música del Triki Triki de Zumárraga en sus cascos, pedalean de manera alarmante.

Todo esto puede verse alterado en el mismo momento en el que aparece en la sala lo que yo llamo “las reinas del gimnasio”. No suelen aparecer todas a la vez; se preocupan de ¡vaya usted a saber de qué manera se sirven para hacerlo! acudir de una en una, de tal forma que siempre reinan sin oposición alguna. Por lo general son muchachas en torno a la veintena que lucen sus figuras, todavía sin marchitar, con favorecedoras mallas de las llamadas “piratas”;  ajustadas camisetas de tirantes y, las más osadas, ombligos al vent con la tableta perfectamente dibujada.

Su actividad no difiere mucho de la del resto del personal salvo en un detalle: no miran. Pasean de aparato en aparato con la mirada distante obviando al resto de sus congéneres, de tal manera que, pongo por caso, si se cruzaran con su padre o con su madre, difícilmente repararían en su presencia, pues no los verían. 

Ese resto del personal al que me he referido está muy educado y, por discreción, no mira con descaro, pero mira ¡vaya que mira! Con mucho disimulo, como quien no quiere la cosa, pero ¡mira! Ellas lo saben y bien a causa de su efímero reinado o, tal vez por timidez, se distancian de sus súbditos. Es una pena este alejamiento entre las reinas y su pueblo. En la televisión advierto que es mucho mejor recibida una reina cercana que otra distante.

Allá ellas y sus complejos ¡Viva la Reina!

Hasta pronto.

sábado, 21 de febrero de 2015

Cualquier tiempo pasado fue... peor!



En los años 70 y 80 del siglo XX resultaba un verdadero milagro ver publicado un desnudo humano. Comenzaba la época del “destape” y los sufridos españolitos viajábamos a Francia a cultivarnos en el arte de mirar lo que todos teníamos pero nunca veíamos.

Habíamos dejado atrás un tiempo oscuro, amenazador, pecador y arramplamos con todo lo que sonaba a luminoso, alegre y descarado. Las generaciones actuales nos han sacado varios cuerpos de ventaja en todo eso pero ¡era lo que teníamos! Por algo se empieza.

Algún rey del disimulo preguntaba por el último Plaiboy, pues, había oído que traía un artículo muy interesante y quería enterarse del asunto. La carcajada se oía en la otra punta de la ciudad. 

En realidad no sé por qué cuento todo esto. Probablemente sea debido a la moralina que a golpe de amenaza nos fueron introduciendo en el cerebro durante toda nuestra vida y que, como buenamente pudimos,  mandamos a tomar por saco. ¡Malditos seáis, cabrones!

¡Sí! Ya recuerdo. El asunto del que quería escribir se refiere a que ayer, viendo el programa de RTVE La Noche de 24 horas, el moderador preguntó a cada uno de los tertulianos por el plan que tenían previsto para este fin de semana. Todos coincidieron en dos proyectos, tal vez tres: leer y escribir; el tercero, ex aequo, trabajar y darle a la gastronomía (o sea, comer lo mejor posible).

Me sorprendió que haya personas dispuestas a ocupar su tiempo libre en leer, escribir y trabajar (el capítulo de la gastronomía, tal y como ellos se referían, es una necesidad adornada con más o menos gusto y más o menos economía). Sus fisonomías me decían que no tenían el más mínimo proyecto de mirar por las ventanas y, a la vista del mal tiempo,  desterrar la idea de hacer algún ejercicio físico. No pertenecían al sector de pirados que todos los días, llueva, nieve, haga frío o calor, apartan su tiempo correspondiente para sufrir mientras se goza sudando en los parques, gimnasios, carreteras, montes y demás. 

Pues bien, no tengo nada en contra de estos señores, es más, en muchos momentos les admiro; solamente expongo una manera de pasar el fin de semana como cualquier otra y sin meterse con nadie, totalmente distinta a la de mi círculo de amistades.

Hablando de tertulianos, deporte y, añado, gente impresentable, recomiendo la lectura de un escrito titulado “Las endorfinas” de un tal Salvador Sostres. Durante el tiempo que ocupéis con el susodicho, segregaréis endorfinas de las de ponerse de mala oxtia, de las de abrir los ojos hasta que se salgan de sus órbitas mientras os preguntáis: ¿de dónde ha salido este estafermo gordo con cara de fiemo? 

Su “éxito” radica en remar contra corriente, en organizar su especial mundo cargado de razones trasnochadas y, tal vez, añorantes del siglo pasado.


Hasta pronto.

domingo, 8 de febrero de 2015

Los formales y el frío (M.B.)



Lo recomiendo, si todavía hay alguien por ahí que no conoce el poema de Mario Benedetti “Los formales y el frío”, que lo busque en internet y que lo lea; si además le gustara oírlo en forma de canción, Joan Manuel Serrat hizo una versión, como todas las suyas, extraordinaria.

¡Pues sí! la noticia estos días es el frío. Me imagino que los habladores de los ascensores tienen una mina para matar el interminable trayecto de bajada o de subida entre los pisos de sus casas. 

Me obliga a modificar mis aficiones y, en los últimos tres días, acumulo tal cantidad de kilómetros a pie que, a estas alturas, en el caso de estar caminando hacia Santiago seguro que habría rebasado La Grajera camino de Nájera. 




Es fácil descubrir que este fenómeno apacigua a las fieras.  Los alrededores de mi pueblo están más solitarios que de costumbre y los cuatro chalados que nos atrevemos a desafiarlo corremos el riesgo de que nos llamen la atención por ir embozados, asomando apenas la nariz.

La música se alía con el caminante y ayuda a soportar el desagradable día. Unas veces obliga a seguir un ritmo exigente; otras anima a balbucear apenas algunas palabras de las olvidadas letras que recuerdas; cuando la canción es un “rollo” y no tengo ganas de sacar el iPod del bolsillo para mandarla a tomar por el saco, aprovecho la ocasión para evadirme y pensar en las cosas más dispares: alguna película que vi en otro día en TV;  un debate de gente que sabe, quiere y no “puede”; me gustaría haber alcanzado tal lugar para hacer una carrerita; “ojalá llegue a aquel semáforo en verde, si no tendré que esperar 75 segundos hasta que se ponga en “verde”;  ¡Jodé, qué foto más bonita!; ¿y esos perros? ¡No vienen a por mí, pero parece!; hay gente que navega por el río.

Sin darme cuenta de nada, de manera automática, adecúo mi paso al ritmo que marca la canción siguiente y el paso se vuelve rápido, machacón, no hay piedad con aquel atleta que hace un rato me había dejado atrás: ¡Ojalá me toque otra de este estilo en la picarra del Seminario! Es ideal para subirla como dios manda.


Hace tres horas que estoy andando y me meto en la ciudad, mi pueblo, y tranquilizo el ritmo; me distraigo con cualquier cosa: coches, escaparates, periódicos que reclaman la destitución de Carlo, pedigüeños que suplican con un cartel. Decido llegar al barrio por la Vuelta del Castillo donde, sin dudar, me encontraré con el acordeonista más trabajador del mundo y fiel a su partitura favorita: La Distancia, de Roberto Carlos. Tal vez el intérprete sepa la canción entera, no lo sé, es posible que tenga la mala pata de llegar a su lado justo cuando arremete con el trocito que, día tras día, mes tras mes, año tras año, coincide con mi llegada. Si el asunto de los “derechos de autor” rigiera con el canon establecido por interpretar obras de los demás, el amigo Roberto Carlos estaría nadando en la abundancia que le proporcionaría el artista y su pertinaz A Distancia.

Hasta pronto.