martes, 12 de enero de 2016

Viajeros al tren



Por fin amanece en Madrid. Las calles están mojadas; se nota que esta noche ha llovido con gusto. 

Me visto con pereza y sin apresurar el paso, aguantando los semáforos hasta el último segundo en su color rojo, encuentro una cafetería en la que su sonriente camarera me atiende con amabilidad ya olvidada: 

-“Zumo de naranja, café con leche en vaso y una magdalena de chocolate, por favor”-
-“Elija una mesa y enseguida se lo llevo”- 

Pienso que tal vez estaré todavía soñando, pero no, todo es real.

Esquivo los charcos que rodean la estación de Atocha y comienzo a alternar con gente distante y cara de saber de qué va el asunto. En el control de equipajes me obligan a quitarme la chaqueta y ni tan siquiera miran la pantalla; siguen hablando entre ellos y se manejan con órdenes  rutinarias para el viajero.

Todavía es pronto para que salga el tren y aquella silla me hace un guiño. Observo que el nivel de los viajeros ha subido muchos escalones hasta alcanzar, sin lugar a dudas, al de los que todavía van por el aire. Ya no existen los pazguatos con boina calada y cesta llena de almuerzo mediterráneo; ahora manejan los trolley (maleta con ruedas y asa extensible) con desparpajo: lo mismo la arrastran que la acompañan a la altura que lo harían con su husky siberiano. Todos miran hacia arriba buscando los televisores en los que anuncian que los de Málaga saldrán dentro de 15 minutos por la vía 3; que se preparen los de Santiago porque la “cosa” es inminente; para los de Pamplona todavía no nos nombran porque tenemos tiempo y han de salir antes que nosotros los de Barcelona, Valencia, Cafarnaum, etc.
 
Sin darme cuenta, empiezan a volar mis pensamientos y me paro cuando pasan por Bilbao. En mi niñez, una de las peores ideas del día consistía en ir a la playa en tren. Se trataba de un trenecito de color verde que hacía el trayecto desde Bilbao hasta Plencia (Plentzia) y vuelta. Según le pareciera a mi hermana, unos días nos bajábamos en Neguri para pasar la mañana en la playa de Ereaga o, cuando ella tenía más tiempo, nos alejábamos hasta la de Sopelana o Plencia. En realidad en el agua lo pasaba estupendamente, lo malo era el viaje: los vagones estaban llenos de viajeros y, por muy alto que era para mi edad, siempre me tocaba recostar la cabeza en las tetas de alguna monja ¡un rollo!

Ahora no, todo está perfectamente medido: cada pasajero tiene su número de asiento reservado para él; nadie va de pie salvo para acudir al WC o a la cafetería que está a continuación de los vagones de “clase preferente” (es que ahora hay clase). Espero que los chavales que, con sus hermanas, vayan a las playas de Ereaga, Sopelana o Plencia, lo hagan en trenes sin posibilidad de apoyarse en ninguna persona, a no ser que esa persona se preste gustosa.

El paisaje de Castilla y de Aragón está feo. El color que lo define es el pardo, el mismo que utilizan los animales del campo cuando quieren difuminarse con el terreno. Creo que el camino del tren discurre por los peores y más descuidados lugares del País. Todo está tristemente pardo y el viento insiste en tumbar las cañas. Poco a poco atisbo un ligero cambio en la tonalidad de los campos y reconozco el paisaje del sur de Navarra: comienzan a aparecer con vergüenza los verdes del cereal.

Entre una cosa y otra he oído un buen montón de canciones; cuando me acuerdo, sigo una película en la TV del tren y he dado cuenta de “El Pais” que me ha ofrecido una azafata.

Parece que estoy a punto de llegar a mi pueblo y veo que Andrés ha venido a esperarme: ¡gracias majo!

Hasta otra.