Por fin amanece en Madrid. Las
calles están mojadas; se nota que esta noche ha llovido con gusto.
Me visto con pereza y sin
apresurar el paso, aguantando los semáforos hasta el último segundo en su color
rojo, encuentro una cafetería en la que su sonriente camarera me atiende con
amabilidad ya olvidada:
-“Zumo de naranja, café con leche en vaso y una magdalena de chocolate,
por favor”-
-“Elija una mesa y enseguida se lo llevo”-
Pienso que tal vez estaré todavía
soñando, pero no, todo es real.
Esquivo los charcos que rodean la
estación de Atocha y comienzo a alternar con gente distante y cara de saber de
qué va el asunto. En el control de equipajes me obligan a quitarme la chaqueta
y ni tan siquiera miran la pantalla; siguen hablando entre ellos y se manejan
con órdenes rutinarias para el viajero.
Todavía es pronto para que salga
el tren y aquella silla me hace un guiño. Observo que el nivel de los viajeros
ha subido muchos escalones hasta alcanzar, sin lugar a dudas, al de los que
todavía van por el aire. Ya no existen los pazguatos con boina calada y cesta
llena de almuerzo mediterráneo; ahora manejan los trolley (maleta con ruedas y asa extensible) con desparpajo: lo
mismo la arrastran que la acompañan a la altura que lo harían con su husky
siberiano. Todos miran hacia arriba buscando los televisores en los que
anuncian que los de Málaga saldrán dentro de 15 minutos por la vía 3; que se
preparen los de Santiago porque la “cosa” es inminente; para los de Pamplona
todavía no nos nombran porque tenemos tiempo y han de salir antes que nosotros
los de Barcelona, Valencia, Cafarnaum, etc.
Ahora no, todo está perfectamente
medido: cada pasajero tiene su número de asiento reservado para él; nadie va de
pie salvo para acudir al WC o a la cafetería que está a continuación de los
vagones de “clase preferente” (es que ahora hay clase). Espero que los chavales
que, con sus hermanas, vayan a las playas de Ereaga, Sopelana o Plencia, lo
hagan en trenes sin posibilidad de apoyarse en ninguna persona, a no ser que
esa persona se preste gustosa.
El paisaje de Castilla y de
Aragón está feo. El color que lo define es el pardo, el mismo que utilizan los
animales del campo cuando quieren difuminarse con el terreno. Creo que el
camino del tren discurre por los peores y más descuidados lugares del País.
Todo está tristemente pardo y el viento insiste en tumbar las cañas. Poco a
poco atisbo un ligero cambio en la tonalidad de los campos y reconozco el
paisaje del sur de Navarra: comienzan a aparecer con vergüenza los verdes del
cereal.
Entre una cosa y otra he oído un
buen montón de canciones; cuando me acuerdo, sigo una película en la TV del
tren y he dado cuenta de “El Pais” que me ha ofrecido una azafata.
Parece que
estoy a punto de llegar a mi pueblo y veo que Andrés ha venido a esperarme:
¡gracias majo!
Hasta otra.