De manera periódica, sin
necesidad de una puntualidad exacta, acudo al gimnasio. Estos días otoñales,
casi invernales, son ideales para
cobijarse y olvidarse de las carreteras y campos.
Me recibe el tufillo inconfundible
a “sudado reconcentrado”. No tengo motivos para reproches, al fin y al cabo
dentro de breves momentos yo mismo seré una fábrica cooperante en la labor de
mantener el aroma. Aún se ven huecos en los aparatos, todavía la actividad está
a bajo rendimiento; solamente los jubilados y amas de casa dominadoras del
horario matinal disputan sin apuros el sitio a jóvenes desocupados.
No tengo la menor duda de que
Pamplona no es América y de que en la Ciudad Deportiva no se rueda ninguna
película de acción. Parece que los navarros somos pudorosos a la hora de
enseñar la musculatura y mantenemos nuestros secretos ocultos bajo amplias
camisetas. Los veteranos tampoco tienen mayor preocupación en calzar zapatillas
fabricadas en Arnedo, dejando de lado las modas de las “multinacionales” del
calzado. Las mujeres lucen caderas sin reparo y algunas luchan con la promesa
de recuperar lo irrecuperable.
Hay un ruido incesante; poco a
poco me doy cuenta de que las máquinas de correr marcan un ritmo machacón a
cada zancada de los maratonianos y que sirve para guiar a los remeros de al
lado. Los ciclistas de las “estáticas” siguen sin avanzar, igual que el año
pasado, pero el empeño es cruel y exige su correspondiente charco de sudor en
los manillares y en el suelo.
¿Qué sería de aquellos si,
distraídamente, no leyeran el periódico mientras pedalean relajadamente en sus
asientos? La oferta es variada y va desde los clásicos libros a las manoseadas
revistas, pasando por la prensa diaria; algún iBook asoma y diría que aquel se
atreve con un sudoku.
Son pocas pero exquisitas. Me
refiero a las personas que dominan la técnica de la gimnasia en todas sus
especialidades: la rancia sueca, la
valorada pilates, los actualizados estiramientos, las tiránicas flexiones, las torturadoras posturas que
sirven para hacer temblar al cuerpo de manera parkinsiana. Los hay que apenas se mueven, su actividad se
manifiesta en estar quieto en ratos prolongados mientras adoptan estatuisticas figuras de difícil
consecución.
La moda del tatuaje también tiene
su sitio en el Gym y ¡sí! esos sí hay que enseñarlos… con moderación pero hay
que lucirlos: los de los brazos con camisetas de manga corta; los de los
hombros con tirantes; si se sitúan en la zona lumbar, una de dos, bajamos los
pantalones o acortamos la minúscula camiseta; tatoo en los gemelos, pantalón hasta las rodillas; tatoo en la cabeza, corte de pelo al
cero acompañado de dilataciones en las orejas. He leído por ahí que hay gente
que lleva tatuajes en lugares íntimos y que, por ahora, no han pensado en exhibirlos
en el gimnasio al que acudo. Cada cual es muy libre de guardar su intimidad y
yo lo respeto.
Ninguna máquina del gimnasio, que
yo sepa, está diseñada como ingenio de tortura, pero a la vista de la seriedad
o apuro que todos los que nos subimos a ellas reflejamos en el rostro me hacen
dudar de lo que aseguro: algunas sirven para levantar con las piernas cargas
superiores a los 200 kgs; otras para potenciar muslos, lumbares, pectorales,
brazos… ¡qué sé yo! ¡Todo y más! ¿Me olvido de las clásicas pesas? ¡No! Ahí están,
un poco arrinconadas, pero existen dispuestas a quejarse con su ruido
inconfundible al apoyarlas en el suelo.
Yo, entre bicicletas, remos,
máquinas y estiramientos he completado mi primera sesión acompañado de mi
música como siempre.
Hasta pronto.