En los años 70 y 80 del siglo XX
resultaba un verdadero milagro ver publicado un desnudo humano. Comenzaba la
época del “destape” y los sufridos españolitos viajábamos a Francia a
cultivarnos en el arte de mirar lo que todos teníamos pero nunca veíamos.
Habíamos
dejado atrás un tiempo oscuro, amenazador, pecador y arramplamos con todo lo
que sonaba a luminoso, alegre y descarado. Las generaciones actuales nos han
sacado varios cuerpos de ventaja en todo eso pero ¡era lo que teníamos! Por
algo se empieza.
Algún rey del disimulo preguntaba
por el último Plaiboy, pues, había
oído que traía un artículo muy interesante y quería enterarse del asunto. La
carcajada se oía en la otra punta de la ciudad.
En realidad no sé por qué cuento
todo esto. Probablemente sea debido a la moralina que a golpe de amenaza nos
fueron introduciendo en el cerebro durante toda nuestra vida y que, como
buenamente pudimos, mandamos a tomar por saco. ¡Malditos seáis,
cabrones!
¡Sí! Ya recuerdo. El asunto del
que quería escribir se refiere a que ayer, viendo el programa de RTVE La Noche
de 24 horas, el moderador preguntó a cada uno de los tertulianos por el plan
que tenían previsto para este fin de semana. Todos coincidieron en dos
proyectos, tal vez tres: leer y escribir; el tercero, ex aequo, trabajar y darle a la gastronomía (o sea, comer lo
mejor posible).
Me sorprendió que haya personas
dispuestas a ocupar su tiempo libre en leer, escribir y trabajar (el capítulo
de la gastronomía, tal y como ellos se referían, es una necesidad adornada con
más o menos gusto y más o menos economía). Sus fisonomías me decían que no
tenían el más mínimo proyecto de mirar por las ventanas y, a la vista del mal
tiempo, desterrar la idea de hacer algún
ejercicio físico. No pertenecían al sector de pirados que todos los días,
llueva, nieve, haga frío o calor, apartan su tiempo correspondiente para sufrir
mientras se goza sudando en los parques, gimnasios, carreteras, montes y demás.
Hablando de tertulianos, deporte
y, añado, gente impresentable, recomiendo la lectura de un escrito titulado
“Las endorfinas” de un tal Salvador Sostres. Durante el tiempo que ocupéis con
el susodicho, segregaréis endorfinas de las de ponerse de mala oxtia, de las de abrir los ojos hasta que se salgan de sus
órbitas mientras os preguntáis: ¿de dónde ha salido este estafermo gordo con
cara de fiemo?
Su “éxito” radica en remar contra
corriente, en organizar su especial mundo cargado de razones trasnochadas y,
tal vez, añorantes del siglo pasado.
Hasta pronto.
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