sábado, 21 de febrero de 2015

Cualquier tiempo pasado fue... peor!



En los años 70 y 80 del siglo XX resultaba un verdadero milagro ver publicado un desnudo humano. Comenzaba la época del “destape” y los sufridos españolitos viajábamos a Francia a cultivarnos en el arte de mirar lo que todos teníamos pero nunca veíamos.

Habíamos dejado atrás un tiempo oscuro, amenazador, pecador y arramplamos con todo lo que sonaba a luminoso, alegre y descarado. Las generaciones actuales nos han sacado varios cuerpos de ventaja en todo eso pero ¡era lo que teníamos! Por algo se empieza.

Algún rey del disimulo preguntaba por el último Plaiboy, pues, había oído que traía un artículo muy interesante y quería enterarse del asunto. La carcajada se oía en la otra punta de la ciudad. 

En realidad no sé por qué cuento todo esto. Probablemente sea debido a la moralina que a golpe de amenaza nos fueron introduciendo en el cerebro durante toda nuestra vida y que, como buenamente pudimos,  mandamos a tomar por saco. ¡Malditos seáis, cabrones!

¡Sí! Ya recuerdo. El asunto del que quería escribir se refiere a que ayer, viendo el programa de RTVE La Noche de 24 horas, el moderador preguntó a cada uno de los tertulianos por el plan que tenían previsto para este fin de semana. Todos coincidieron en dos proyectos, tal vez tres: leer y escribir; el tercero, ex aequo, trabajar y darle a la gastronomía (o sea, comer lo mejor posible).

Me sorprendió que haya personas dispuestas a ocupar su tiempo libre en leer, escribir y trabajar (el capítulo de la gastronomía, tal y como ellos se referían, es una necesidad adornada con más o menos gusto y más o menos economía). Sus fisonomías me decían que no tenían el más mínimo proyecto de mirar por las ventanas y, a la vista del mal tiempo,  desterrar la idea de hacer algún ejercicio físico. No pertenecían al sector de pirados que todos los días, llueva, nieve, haga frío o calor, apartan su tiempo correspondiente para sufrir mientras se goza sudando en los parques, gimnasios, carreteras, montes y demás. 

Pues bien, no tengo nada en contra de estos señores, es más, en muchos momentos les admiro; solamente expongo una manera de pasar el fin de semana como cualquier otra y sin meterse con nadie, totalmente distinta a la de mi círculo de amistades.

Hablando de tertulianos, deporte y, añado, gente impresentable, recomiendo la lectura de un escrito titulado “Las endorfinas” de un tal Salvador Sostres. Durante el tiempo que ocupéis con el susodicho, segregaréis endorfinas de las de ponerse de mala oxtia, de las de abrir los ojos hasta que se salgan de sus órbitas mientras os preguntáis: ¿de dónde ha salido este estafermo gordo con cara de fiemo? 

Su “éxito” radica en remar contra corriente, en organizar su especial mundo cargado de razones trasnochadas y, tal vez, añorantes del siglo pasado.


Hasta pronto.

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