Creo que en alguna ocasión he
comentado cuales son las actividades que se pueden desarrollar en un gimnasio.
A riesgo de resultar pesado, me gustaría resumir, con los ojos de un inexperto,
aquello que veo cada vez que me asomo al de la Ciudad Deportiva Amaya.
Es probable que se trate de algo
pasajero, pero últimamente no huele tan mal; tal vez sea debido a que me haya acostumbrado
al olor a sudor y lo tenga asumido al igual que el burro a los palos.
Todos tenemos una serie de
aparatos gimnásticos en los que nos sentimos más cómodos que en otros. Unos
andan sin descanso para llegar a ninguna parte; otros reman con similar
destino; algunos emulan a los prisioneros de las cárceles de películas
norteamericanas y revientan sus brazos con venas deformadas. Siempre me han llamado la
atención los que pasean mientras se deciden por su tortura favorita; muchos
aprovechan su relajada actividad para leer revistas atrasadas que otras almas
previsoras se preocupan de suministrar al personal; ciclistas que, hartos de no
poder secar sus bicicletas, agotan las posibilidades de las “estáticas” para
juntarse con los andarines y remeros de la sala exactamente en el mismo lugar
en el que empezaron y no se movieron.
Las fisonomías de cada uno de los
gimnastas se pueden agrupar en los siguientes grupos: gente joven a la que
todavía no le ha atacado la grasa y pasea diminutas cinturas que soportan
voluminosas cajas torácicas armadas de hercúleos brazos; más gente joven que,
advertidos de su dejadez, pretenden asociarse al grupo de los primeros lo más
pronto posible; jubilados del género masculino a los que el tiempo se les acaba
y pretenden arreglar el desaguisado de sus 45 años de trabajo; jubiladas que,
de manera pausada, armadas de gafas “anti vista cansada” leen en sus iBook las
novedades del mercado mientras pasean en sus cintas sin fin; vigoréxicas que,
tal vez azuzadas por la música del Triki Triki de Zumárraga en sus cascos,
pedalean de manera alarmante.
Todo esto puede verse alterado en
el mismo momento en el que aparece en la sala lo que yo llamo “las
reinas del gimnasio”. No suelen aparecer todas a la vez; se preocupan
de ¡vaya usted a saber de qué manera se sirven para hacerlo! acudir de una en
una, de tal forma que siempre reinan sin oposición alguna. Por lo general son
muchachas en torno a la veintena que lucen sus figuras, todavía sin marchitar,
con favorecedoras mallas de las llamadas “piratas”; ajustadas camisetas de tirantes y, las más
osadas, ombligos al vent con la
tableta perfectamente dibujada.
Su actividad no difiere mucho de
la del resto del personal salvo en un detalle: no miran. Pasean de aparato en
aparato con la mirada distante obviando al resto de sus congéneres, de tal
manera que, pongo por caso, si se cruzaran con su padre o con su madre,
difícilmente repararían en su presencia, pues no los verían.
Ese resto del personal al que me he referido está muy educado y, por
discreción, no mira con descaro, pero mira ¡vaya que mira! Con mucho disimulo,
como quien no quiere la cosa, pero ¡mira! Ellas lo saben y bien a causa de su
efímero reinado o, tal vez por timidez, se distancian de sus súbditos. Es una
pena este alejamiento entre las reinas y su pueblo. En la televisión
advierto que es mucho mejor recibida una reina cercana que otra
distante.
Allá ellas y sus complejos ¡Viva
la Reina!
Hasta pronto.
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