Tal vez debería ir pensando en
cambiar de estilo de vacaciones. Aunque igual resulta que la culpa la tengo yo.
“-¡No, no! La culpa es de los demás”-.
Ahora que caigo, yo también formo
parte de “los demás” para “los demás”,
así que no me extrañaría nada que alguno de “los demás” piense como yo de
ellos.
La Estación del Norte está
repleta de viajeros: unos serpentean por la fila y otros esperamos a que se
haga más pequeña; además ha de pasar por donde estoy sentado, así que la
espero. Me pongo a cantar mentalmente una canción de Amancio Prada mientras
observo la cantidad de gente que tiene “La
cara del que sabe”. Personas que dominan el tema, saben de qué va la cosa,
gente que adorna la cara con careta de estúpida mala oxtia o insulsa distancia.
Pienso que están ahí por no tener otro remedio, en realidad su medio de
transporte ideal sería alguna cápsula espacial.
Mi asiento está emparedado entre
un “gordo” y la de “atrás”. “El gordo” cada vez que se acomoda en su butaca
pretende arrancarla del suelo con tornillos y algún trozo de linóleum. El muchacho es todo un
hombretón al que, sin lugar a dudas, le han dado un asiento inferior a su
talla, pues sus lorzas me impiden mirar al futuro sin alargar el cuello. “La de
atrás”, recién salida de la academia de
impartir elegancia que acaban de abrir en Pamplona. La chica es exquisita:
se dirige al WC con los andares propios de una top model. Todos pensamos que
en el servicio hará cualquier cosa menos pipi. Por cierto, al salir ha
hecho unos estiramientos al abrigo de miradas indiscretas. Todo un detalle. Por
cierto ¿quién diseñará los WC de los Alvia? Sin duda es todo un estratega en el
arte del “poco espacio”; en apenas medio metro cuadrado cabe de todo: una
puerta que se abre y se cierra, una retrete chiquitín, una papelera, un rollo
de papel higiénico, un espejo, un charco de pipi, un persistente bamboleo. En
realidad nos quejamos de vicio, pues en el susodicho no sería la primera vez
que cupieran dos personas (normalmente de distinto sexo) mientras “juegan a
médicos”.
Al rato decido que ya va siendo
hora de visitar el escusado; al
regresar mi vista se fija en un hipster vestido
a la última y con gafas compradas a precio de orillo en una gasolinera de
Repsol. Las condenadas impiden verle los ojos, aunque por una rendija creo
adivinar uno de ellos: durante unas décimas de segundo insisto y el hipster
ladea la cabeza hacia el paisaje.
Mi compañero de viaje de la
derecha lleva un buen rato luchando contra la modorra y al final cae: se duerme
con el dedo índice de su mano derecha apretando la tecla Supr del teclado de su ordenador. Espero que no sea nada importante
ya que hace un cuarto de hora que está en la misma postura.
“El gordo” se levanta de su
asiento arrancando el último tornillo que quedaba y me pisa: me pide disculpas
y yo le mando a hacer oxtias. La de
“atrás” decide bajar su maletita de las alturas mientras me acaricia con el
vuelo de su blusa en la frente.
Decididamente el nivel de los
viajeros del tren no tiene nada que ver con los del avión ¡Dónde vas a comparar!
En los aviones viaja mucha más gente con “cara
del que sabe”.
Ya he llegado a Atocha. Se me ha
hecho corto el viaje y el caso es que no sé por qué…
Hasta pronto.
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