domingo, 8 de febrero de 2015

Los formales y el frío (M.B.)



Lo recomiendo, si todavía hay alguien por ahí que no conoce el poema de Mario Benedetti “Los formales y el frío”, que lo busque en internet y que lo lea; si además le gustara oírlo en forma de canción, Joan Manuel Serrat hizo una versión, como todas las suyas, extraordinaria.

¡Pues sí! la noticia estos días es el frío. Me imagino que los habladores de los ascensores tienen una mina para matar el interminable trayecto de bajada o de subida entre los pisos de sus casas. 

Me obliga a modificar mis aficiones y, en los últimos tres días, acumulo tal cantidad de kilómetros a pie que, a estas alturas, en el caso de estar caminando hacia Santiago seguro que habría rebasado La Grajera camino de Nájera. 




Es fácil descubrir que este fenómeno apacigua a las fieras.  Los alrededores de mi pueblo están más solitarios que de costumbre y los cuatro chalados que nos atrevemos a desafiarlo corremos el riesgo de que nos llamen la atención por ir embozados, asomando apenas la nariz.

La música se alía con el caminante y ayuda a soportar el desagradable día. Unas veces obliga a seguir un ritmo exigente; otras anima a balbucear apenas algunas palabras de las olvidadas letras que recuerdas; cuando la canción es un “rollo” y no tengo ganas de sacar el iPod del bolsillo para mandarla a tomar por el saco, aprovecho la ocasión para evadirme y pensar en las cosas más dispares: alguna película que vi en otro día en TV;  un debate de gente que sabe, quiere y no “puede”; me gustaría haber alcanzado tal lugar para hacer una carrerita; “ojalá llegue a aquel semáforo en verde, si no tendré que esperar 75 segundos hasta que se ponga en “verde”;  ¡Jodé, qué foto más bonita!; ¿y esos perros? ¡No vienen a por mí, pero parece!; hay gente que navega por el río.

Sin darme cuenta de nada, de manera automática, adecúo mi paso al ritmo que marca la canción siguiente y el paso se vuelve rápido, machacón, no hay piedad con aquel atleta que hace un rato me había dejado atrás: ¡Ojalá me toque otra de este estilo en la picarra del Seminario! Es ideal para subirla como dios manda.


Hace tres horas que estoy andando y me meto en la ciudad, mi pueblo, y tranquilizo el ritmo; me distraigo con cualquier cosa: coches, escaparates, periódicos que reclaman la destitución de Carlo, pedigüeños que suplican con un cartel. Decido llegar al barrio por la Vuelta del Castillo donde, sin dudar, me encontraré con el acordeonista más trabajador del mundo y fiel a su partitura favorita: La Distancia, de Roberto Carlos. Tal vez el intérprete sepa la canción entera, no lo sé, es posible que tenga la mala pata de llegar a su lado justo cuando arremete con el trocito que, día tras día, mes tras mes, año tras año, coincide con mi llegada. Si el asunto de los “derechos de autor” rigiera con el canon establecido por interpretar obras de los demás, el amigo Roberto Carlos estaría nadando en la abundancia que le proporcionaría el artista y su pertinaz A Distancia.

Hasta pronto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario