Yo diría que esto no tiene
remedio. Huele a otoño y el paisaje lo dice. Los “sopladores” trabajan sin
descanso, pero si echaran la vista atrás, verían que, a manera de una nevada
invernal, lo que acaban de despejar vuelve a estar cubierto de hojas rojas y
ocres.
Para meterse de lleno en el
asunto de la tristeza otoñal, no hay nada mejor que escuchar alguna canción de
Joan Manuel Serrat. Cuando él era un muchacho acudía a su maquinita de hacer
bellísimas canciones y salían, aparentemente, una detrás de otra a cuál más
hermosa. Hoy, animado por el día gris de mi pueblo, he buscado entre mis albumes
y, sin querer, ha salido un CD que ni pintado para la ocasión: “La Paloma”. Se
trata de una recopilación de temas editada en el año 1969.
Al escuchar estas canciones me
gustaría llevar sombrero para quitármelo en señal de respeto hacia semejante
tío. Tenía 14 años cuando le oí cantar por primera vez en la radio; juraría que
fue CanÇo de matinada. Me convertí en
un mísero imitador de su voz fácil y temblona.
Años más tarde fui a la “mili” y
me llevé escritas con mi máquina Olympia un par de canciones de Serrat: cuando
me sentía solo, con ganas de sacar toda la congoja del momento, acudía a mi
papelito y recitaba los versos de Amigo
mío o Cuando me vaya. Tal vez
fuera aquello una tontería, pero era lo que me pedía el cuerpo, me sentía
importante leyendo aquellos versos de las canciones que tanto me gustaban.
¡En fin! Hablo de todo
aquello porque el día ayuda a recordarlo. Ha amanecido de un color grisazulado, lluvioso, frío, triste; un día
ideal para la melancolía, para recordar tiempos en los que, si lo analizo, no
tenía por qué embadurnarme de tristeza como de vez en cuando me gustaba
hacerlo. ¡Jodé, pero si entonces mi hábitat eran las discotecas, cuanto más oscuras
mejor! ¡Si pasaba el día cantando las canciones de todo el mundo! ¡El trabajo
era una fiesta y la música un acierto para trabajar!
¡Joan Manuel, agur! Últimamente estás
hecho un muermo. Me voy.
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