Lo sospechaba y ahora lo he oído
por ahí: los japoneses ni proponen ni demandan el oficio de barrendero, no lo
necesitan, no ensucian.
Es extraño este pueblo. Dicen que
son amarillos, tienen los ojos rasgados y algunos se operan los párpados para
conseguir tenerlos redondos. Otros se mutilan los dedos empezando por el
meñique cuando no han hecho lo que les manda el jefe; también practican una
especie de lucha canaria unos señores muy gordos que tapan sus vergüenzas con
una banda estrecha y, no me pregunten por qué, nunca dejan al descubierto
genital alguno, a esto le llaman Sumo.
Son más listos que el aire, fabrican motocicletas con las que los pilotos
españoles ganan campeonatos mundiales sin descanso. Los automóviles no tienen
secretos para ellos. Hasta que no han salido todos los pasajeros del “metro”,
no entran los que estaban esperando en el andén. Viven en un montón de islas situadas
a la derecha de Asia y tienen una costumbre que consiste en fotografiar todo lo
que se menea fuera de su territorio, ya se sabe: Europa, América, Oceanía,
supongo que África y lo que queda de Asia.
Son tantos los japoneses que, si se
lo propusieran, cubrirían la tierra ellos y sus máquinas fotográficas. Parece
ser que les encanta el flamenco y con el jamón de Jabugo habrá que tener cuidado,
cualquier día de estos plantan un bosque plagado de bellotas con cuatro cerdos ibéricos en alguna de sus islas
del Pacífico y se apoderan del mercado mundial.
Bien, ya basta de escribir sobre
los japoneses y sus cosas; en realidad yo quería hacerlo sobre Pamplona, mi
pueblo.
El camino que me ha llevado al barrio de la Rochapea lo he visto sucio,
descuidado, con la hierba de la Vuelta del Castillo seca y a punto de
convertirse en paja; las papeleras, cosas de la vida, estaban vacías pues las
acababan de vaciar después de soportar un buen periodo de almacenaje de basura;
el prado verde que se creó hace unos cuantos años está surcado por los
pasadizos que los atletas fabrican buscando una superficie blanda para sus
zancadas, lo curioso es que, cuando una de estas pistas está en mal estado,
crean otra lindando a la anterior y, poco a poco, la parte más exterior del
parque está fea, muy fea; ¿para qué alardeamos de tantos parques si no los
podemos atender?
Vamos a conjugar el verbo Tirar. Los Kleenex son unos pañuelos para usar y tirar y, claro, se tiran,
vaya que si se tiran. Lo mismo ocurre con los chicles cuando se lleva mucho
tiempo mascando: se tiran. Espero que sean los perros los que también tiran sus
cosas. Los fumadores fuman y tiran las colillas y los paquetes una vez
calcinado su contenido. También existen personas que tiran las bolsas de
plástico al suelo cuando comprueban que ya no les sirven para nada. Otros salen
de la pastelería comiéndose una palmera y, al acabarla, tiran la servilleta al
suelo, el viento la arrinconará hasta que otro la recoja en la suela de su
zapato.
Miro las orillas al descubierto
del Río Arga y las veo adornadas de miserables colgaduras de basura ¡qué pena!
Ahora que no me apetece seguir
dando la tabarra con este asunto de la conservación de mi pueblo, me doy cuenta
de que, si los japoneses tuvieran necesidad de trabajar en algo desconocido
para ellos, podrían venir a Pamplona y encontrarían una mina en el sector de la
limpieza. Es tanto el trabajo a desempeñar en esta ciudad que no se me ocurre
otra solución que llamar al pueblo japonés para que nos enseñen educación,
reglas de convivencia y que, pasado un tiempo, regresen a su tierra porque en ésta se hayan quedado sin trabajo.
Hasta otra ocasión.
Bs.
Buen Capoone, estoy de acuerdo, pero temo que los japoneses no nos entenderían, ellos entienden la propiedad común como tal y por eso la cuidan, aquí parece que eso del bien común no es de nadie e incluso que otros se molesten en recogerlo y limpiarlo.
ResponderEliminarTu siempre tan atinado.
ResponderEliminarTranquilo cuñado , las calles de Vallekas están igual de sucias y le añadimos kakas de perro, una pena. Un beso Victor
ResponderEliminarYa me quedo más tranquilo. Otro pa ti!!!
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