miércoles, 27 de diciembre de 2017

Recordar, dicen, es volver a vivir




Cada uno se apaña como puede. Tal vez haciendo sudokus, crucigramas, sopas de letras, leyendo el periódico, viendo la televisión, paseando, discutiendo, etc. ¡Vaya Ud. a saber de qué manera se vale el personal para tener el cerebro despierto!

Hace unos cuantos años, cuando trabajaba, nunca utilizaba una agenda. Un día me entró el pánico al pensar que todos mis compromisos se podían ir al carajo si no los llevaba perfectamente anotados en su correspondiente hoja del día y en el renglón de su hora, así que me procuré una elegante agenda de color azul con ribetes dorados y trasvasé todas mis citas a su sitio. Me invadió un bienestar parecido al que deben de tener todos los que dominan la situación, los que cogen la sartén por el mango y reparten los huevos.

Estaba totalmente equivocado, me estaba convirtiendo en un pasmado que no sabía a dónde tenía que dirigirse, qué trabajo correspondía al día de mañana, con quién tenía que entrevistarme, era un completo dependiente de mi maldita agenda de tapas azules. La decisión la tomé rápidamente: me faltó tiempo para desterrarla al cajón de los olvidos y continuar con mi arriesgada manía de llevar el plan del día en mi cabeza.

Ahora no necesito marcarme un plan de trabajo por razones obvias, de hecho no sé en qué día vivo, los distingo por pequeños trucos: cuando las calles están más vacías de lo habitual adivino que es fin de semana; si la paz reina en el teléfono, seguro que es lunes; si hay agitación con llamadas y mensajes, estaré en víspera de algún martes, jueves o sábado; si alguien me propone una reunión con los amigos, es que mañana es miércoles; si el cuerpo me reclama tranquilidad, habré llegado al viernes. Lo de saber el número del día en el que vivo es tarea casi imposible, sí, más o menos calculo por dónde ando, pero exactamente no lo sé y, a este paso, pronto me pasará lo mismo con el mes.

Estoy seguro de que no se trata de los primeros avisos del famoso Alzheimer, no, simplemente es tranquilidad, me importa poco saber en qué día vivo. No obstante, me ha entrado una manía que consiste en calcular la edad que tenía cuando en el algún medio hablan de que hoy hace tantos años que los americanos llegaron a la Luna, que los Beatles editaron Hey Jude, que España conquistó su primer y único título de campeón mundial de fútbol y así discurro por un largo etcétera. Pues bien, entonces, cuando me sitúo en la edad correspondiente, comienzo a hacer ensoñaciones de cuanto me sucedió por aquellas fechas: un recuerdo me lleva a otro y éste a otro más hasta completar un enorme y magnífico árbol.

Pienso que se trata de una estrategia para evadirme de las malas noticias que continuamente nos rodean y que, en cuanto oigo una fecha, me largo del presente y vago por el pasado. Lo bueno es que ahora comienzo a hacer lo mismo con el futuro.

Cada uno se apaña como puede y yo parece que puedo, también, de esta manera.

Hasta otra.

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