Me duele todo menos las piernas.
Ha amanecido con viento fuerte y el color de las nubes dice que pronto lloverá.
La tentación de quedarme “vestido de noche” es grande, pero poco a poco se
enciende la idea de comprobar si es tan fiero el león como dicen. Me preparo y
salgo a la calle vestido de “medio invierno”.
Los pies eligen en camino de los
tiempos en los que era productivo. Atravieso la Vuelta del Castillo y los
semáforos están en donde los dejé. Nada me es extraño. Me adentro en mi Casco Viejo y todo me trae recuerdos,
hasta lo nuevo.
Noto un tufillo “a preparativos”.
Hago cuentas y caigo en que estoy a un mes de que empiecen las fiestas. Tendré
que irme a otro sitio.
Camino de los Corrales de Santo
Domingo me fijo en la cara de los que suben: una muchacha con dos perros ha
copiado la jeta de las modelos, aparenta haber pasado mala noche y arrastra su
asco hacia arriba; nadie mira, igual ni ven.
Me refugio en la amabilidad del
café con croissant y leo
tranquilamente. Estoy bien aquí… si no fuera por aquel que chilla tanto.
Con pereza emprendo la marcha y
el chirimiri me espera. Joan Manuel ¡qué bueno eres! No tengo prisa en los
semáforos en rojo y aguardo. Zigzagueo por las pasarelas y decido subir la
picarra de la cuesta del Seminario. Barry White ¡qué bien hablas! El ritmo que
me impone, hace que la cuesta no me cueste.
Otra vez estoy, sin darme cuenta,
en el Ensanche de Pamplona. Vuelvo a cruzarme con caras serias, ásperas,
dulcifico la mía y hasta saludo a una sorprendida mamá. Coincido en un punto
con una chica muy atractiva: lo más llamativo es su larga melena rubia y su “traje
pantalón” de negro y brillante polyester.
El pantalón no es transparente, pero se remarca con fuerza el tanga que lleva
dentro.
He logrado aplacar el mono de la
actividad; no ha sido gran cosa, mas… ha estado bien!
Otro día más.
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