No me sentaron nada bien los “dos”
vinos que tomé con los amigos; volví a casa un tanto ful y cené por compromiso. De buena gana me hubiese acostado antes
de las doce fatídicas campanadas.
Sabía que en las Navidades del
2014, en concreto en Nochevieja, tendría lugar la batalla de todos los años. Me
levanté temprano y anduve un rato sin encontrarme con nadie. Por el barrio vi apenas
algo más de basura que de costumbre y me adentré en la Vuelta del Castillo.
Los termómetros tenían razón
cuando señalaban 4 bajo cero; me sentía bien dentro del plumífero y la gorra no
me estorbaba. Hacia mí venía un jugador de beisbol. Las ojeras le ocupaban toda
la cara y sus piernas formaban una x (separadas en las caderas y pies y juntas
a la altura de las rodillas) Me miró pero no me vio. Pasó a mi lado con
desesperación y encontró un banco en el que sentarse. Antes del Edificio
Singular me volví para ver qué hacía y seguía en el mismo sitio. Tal vez para
descargar mi conciencia pensé en parar al primer coche de la Policía Municipal con
el que me cruzara, pero no había nadie.
Las aceras estaban cubiertas de
vasos de plástico, botellas sin romper de licor de melocotón y confetis.
Alguien había perdido sus cuernos y otra su zapato de tacón. Cuando bajaba
hacia la Rochapea comprobé que es muy fácil alcanzar la Cuesta del Portal Nuevo
con los cascos de ginebra lanzados desde el Paseo de Ronda; sospecho que es una
verdadera “gozada” enfrentarse al cierzo con una botella en la mano y vencer a
la fuerza de la gravedad viendo como la de Beefeater
cae sin problemas muralla abajo.
Poco a poco la gente salía de sus
casas y se mezclaba con los hipster,
con los neardental, los casheros… y yo me najaba. De vez en
cuando la música aligeraba el ritmo y yo el paso. En la subida hacia el Seminario
di de mí todo lo que llevaba dentro y llegué arriba desahogado.
Durante todo el camino no pude
dejar de pensar en el jugador de beisbol y decidí encaminarme hacia la Vuelta
del Castillo. Algo no había hecho bien al dejarlo en su helada desesperación y
esta vez sabía que, de encontrarlo en su banco, lo socorrería después de llamar
al 112. La Baja Navarra y la avenida del Ejército me vieron pasar a ritmo
rápido y una enfermera descalza, con
el rímel corrido por la cara y un bolso medio abierto colgado del brazo me miró
con extrañeza.
No estaba. Seguramente estará
bien, no lo sé. Me has hecho sentir culpable a causa de tu borrachera que no
atendí. Lo siento.
Hasta pronto.
¡Malo, eres muy malo, Bittor! Y la parábola del buen samaritano...¿qué? ¿olvidada?
ResponderEliminar¡Feliz año!