viernes, 2 de enero de 2015

Día 1, día de resaca. Feliz Año Nuevo.



No me sentaron nada bien los “dos” vinos que tomé con los amigos; volví a casa un tanto ful y cené por compromiso. De buena gana me hubiese acostado antes de las doce fatídicas campanadas.

Sabía que en las Navidades del 2014, en concreto en Nochevieja, tendría lugar la batalla de todos los años. Me levanté temprano y anduve un rato sin encontrarme con nadie. Por el barrio vi apenas algo más de basura que de costumbre y me adentré en la Vuelta del Castillo.

Los termómetros tenían razón cuando señalaban 4 bajo cero; me sentía bien dentro del plumífero y la gorra no me estorbaba. Hacia mí venía un jugador de beisbol. Las ojeras le ocupaban toda la cara y sus piernas formaban una x (separadas en las caderas y pies y juntas a la altura de las rodillas) Me miró pero no me vio. Pasó a mi lado con desesperación y encontró un banco en el que sentarse. Antes del Edificio Singular me volví para ver qué hacía y seguía en el mismo sitio. Tal vez para descargar mi conciencia pensé en parar al primer coche de la Policía Municipal con el que me cruzara, pero no había nadie.

Las aceras estaban cubiertas de vasos de plástico, botellas sin romper de licor de melocotón y confetis. Alguien había perdido sus cuernos y otra su zapato de tacón. Cuando bajaba hacia la Rochapea comprobé que es muy fácil alcanzar la Cuesta del Portal Nuevo con los cascos de ginebra lanzados desde el Paseo de Ronda; sospecho que es una verdadera “gozada” enfrentarse al cierzo con una botella en la mano y vencer a la fuerza de la gravedad viendo como la de Beefeater cae sin problemas muralla abajo.

Poco a poco la gente salía de sus casas y se mezclaba con los hipster, con los neardental, los casheros… y yo me najaba. De vez en cuando la música aligeraba el ritmo y yo el paso. En la subida hacia el Seminario di de mí todo lo que llevaba dentro y llegué arriba desahogado.

Durante todo el camino no pude dejar de pensar en el jugador de beisbol y decidí encaminarme hacia la Vuelta del Castillo. Algo no había hecho bien al dejarlo en su helada desesperación y esta vez sabía que, de encontrarlo en su banco, lo socorrería después de llamar al 112. La Baja Navarra y la avenida del Ejército me vieron pasar a ritmo rápido y una enfermera descalza, con el rímel corrido por la cara y un bolso medio abierto colgado del brazo me miró con extrañeza.

No estaba. Seguramente estará bien, no lo sé. Me has hecho sentir culpable a causa de tu borrachera que no atendí. Lo siento.

Hasta pronto.

1 comentario:

  1. ¡Malo, eres muy malo, Bittor! Y la parábola del buen samaritano...¿qué? ¿olvidada?
    ¡Feliz año!

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